CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS

En la placa dorada que está clavada o pegada —no lo sé bien— junto a mi puerta puede leerse, en letras grandes y convenientemente realzadas y mayúsculas: MANUEL ENCINAS CUBERO; más abajo, en un tamaño algo menor, y ya en minúsculas, excepto las iniciales: Doctor en Psiquiatría y Ciencias del Comportamiento. Si llaman ustedes al timbre que está justo debajo, les abrirá la puerta una joven rubia, despampanante, luciendo una encantadora sonrisa y un bonito, corto y ajustado uniforme de enfermera. No lo es. Y contengan ustedes cualquier impulso de piropearla, porque es mi mujer. No tenemos hijos y es muy celosa, de manera que no quiere perderme de vista ni un momento. Cosa absolutamente innecesaria, porque yo soy un profesional y un marido fiel, y —aunque mis clientes son, en su mayoría, del sexo femenino— sería del todo incapaz de comportarme con ellas de un modo improcedente. Por lo general disfruto con mi trabajo. Aunque a veces puede resultar aburrido: algún paciente hipocondríaco que me cuenta unos problemas que no tiene, porque quiere que le diagnostique enfermedades raras de las que poder presumir con sus amigos. Cuando me llega alguno de éstos suelo tumbarlo en el sofá y poner mi silla algo retrasada, para que no me vea dar cabezadas. Habla y habla y —de tanto en tanto— yo digo un ahá, un hummm, o un claro, claro, y le dejo explayarse. Al fin y al cabo cobro por horas. Bueno no, suelo tenerlos media hora, pero a éste, si lo despachara tan pronto buscaría otro profesional con más aguante y, la verdad, con lo que le cobro tengo cubiertos, al menos, los gastos de mantenimiento de la consulta.

Lo más habitual es que sean pacientes estresados por su ritmo de vida o, por el contrario, deprimidos por falta de aliciente en las suyas. A éstos, sólo tengo que extenderles una receta y volver a citarles para cuando el medicamento se les haya acabado: si han mejorado, los mantengo un poco más en tratamiento y suelen salir hechos unos pimpollos, recuperada su normalidad hasta donde esto sea posible. Y a los que no mejoran con los fármacos los envío a una clínica de reposo o les recomiendo deportes de alto riesgo, según los casos. Todos ellos tienen buenas finanzas y pueden permitírselo.

Lo chocante fue lo que me ocurrió hace un par de meses: se presentó en mi consulta (previa cita, claro, mi agenda está hasta los topes) una parejita que, ya de entrada, me produjo una muy buena impresión. Él estaba muy serio, tenía un tic nervioso que elevaba el ángulo superior izquierdo de su boca y le hacía guiñar el ojo derecho alternativamente; no podía estar quieto en el asiento y echaba chispas mirándola a ella de reojo, y ella… ella estaba adorable, con su carita enfurruñada y los brazos cruzados enérgicamente sobre el pecho, o más bien por debajo de los pechos, con lo que hacía que sobresalieran graciosamente por el borde de su escote. Se atropellaban los dos al hablar, de tal modo que armaban un barullo que no me permitía enterarme de nada de lo que decían, o pretendían decir. Puse freno a sus impulsos y —tal vez por solidaridad masculina— le di la palabra a él, rogándole a la encantadora dama que aguardara a que yo le diera su turno.

Él carraspeó, como limpiando de flemas su laringe, y comenzó a hablar de forma atropellada, impulsiva, torrencial, parando pocas veces para respirar…  cosa que me extrañó sobremanera, porque no es lo que uno esperaría de un maestro. Porque eso es lo que era, un profesor de Historia en un instituto renombrado de la ciudad. La lección magistral que yo esperaba de él, dados sus antecedentes, empezó a definirse como la típica novela de un amor que, aunque muy intenso, sufría de altibajos que los dejaba, día sí, día también, al borde de la separación. Pensé de inmediato en darle un potente tranquilizante, pero desistí porque me pareció mejor que se explayara a gusto.

Pretendo compartir con ustedes esta historia, porque no puedo negar que me fascinó desde el primer momento. Espero que a ustedes les parezca una pareja tan singular como me lo pareció a mí. De hecho, han cambiado mi vida. Creo que ahora, si no mejor siquiatra, al menos soy mejor persona que antes, por influencia de mis nuevos amigos, que es en lo que se han convertido. Pero voy a dejar que sean ellos, con sus propias voces, los que cuenten esta historia. No es que tenga nada de especial. Lo especial consiste, precisamente, en que son una pareja normal, que lo único que pretenden es adaptar los diferentes ritmos de sus vidas, para evitar los conflictos que les asaltan por cualquier cosa. Les dejo con Pedro y Vilma.


No se rían, por favor. No son los Picapiedra. Son casualidades, que se dan más veces de lo que ustedes puedan pensar. Tal vez la madre de Vilma le puso ese nombre por ser fan de la famosa serie de dibujos animados, pero que se casara con Pedro fue cosa del destino.


                       CONTINÚA EN CAPÍTULO UNO. II. PEDRO RÉPILA

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