CAPÍTULO UNO. II. PEDRO RÉPILA

—Verá doctor, porque preferirá usted que le trate de doctor y le diga doctor, que le llame doctor, vaya. Veo que sí, prosigo, digo empiezo. Verá, doctor, Vilma… ¿Se ríe usted? ¿Le parece chocante el nombre o que el mío sea el espejo televisivo de la más famosa Vilma que en la historia haya sido? En fin, a lo que voy…

Dejamos aquí —mejor, interrumpimos unos instantes, apenas unas líneas— a Pedro hablándole al siquiatra carísimo que él y su mujer, Vilma López, han contratado con el objeto de acomodar a la realidad sus contrastes domésticos ya tan habituales como irritantes. Le dejamos/interrumpimos sólo para tratar de situar al lector —sí a ti, a usted si por tal se tiene— en la sala estrecha pero limpia y amueblada en un estilo digamos atrevido, pero pese a todo funcional, donde el siquiatra se halla, literalmente, a sus anchas y el matrimonio Répila se encuentra confinado pero a gusto. Sí, confinado pero a gusto, como si lo que quisieran Pedro y Vilma, Pedro Répila y Vilma López, fuera eso, encontrarse en un lugar donde no puedan huir, pero sin aprietos, sin la incomodidad de la retención.

—Sigamos —prosigue Pedro—. Vilma, mi mujer… en fin, que me lío: Vilma y yo nos conocimos cuando estudiábamos juntos en el instituto de bachillerato donde yo doy clases desde hace quince años. Al principio yo no reparé en ella, ni ella se dirigía a mí en modo alguno pese a que compartíamos muchos momentos entre clase y clase y en los recreos que por aquellos años a punto estuvieron de pasar a ser denominados segmentos de ocio, tras una propuesta de uno de esos sicopedabobos que aún trastornan —cada vez que se les permite— nuestra vida educacional. En uno de esos recreos fue precisamente cuando algo en mí alcanzó a entender por qué todos mis compañeros se ponían nerviosos cada vez que se dirigían a Vilma. Bueno, todos menos Rabanal, pero sigo… En uno de aquellos recreos ese algo me dijo suavemente al oído: tío, te has fijado en lo hermosa que es Vilma. Y como yo no vi pregunta en la frase, pues carecía de interrogaciones, acerté de inmediato a escucharme a mí mismo decirme en voz alta: pídele salir a Vilma. Y el torpe Pedro Répila, hasta entonces un mero alumno de BUP con buenas notas y con el desparpajo justito, se acercó a ella —me acerqué a ella, quiero decir— y le pedí que saliera conmigo. Entonces se decía así, no sé ahora. Y ella, vestida con una falda gris pero de un gris especialmente poco gris, y con una blusa blanca, y con esa sonrisa que todavía se gasta, menos cuando discutimos —es decir, que cada vez la usa menos— me dijo: dímelomañana. Así, todo seguido. Eso o pídemelo mañana, que todavía a fecha de hoy no logramos ponernos de acuerdo con los pormenores de aquello que ocurrió en un patio junto a la glorieta de Embajadores una mañana de noviembre de 1979, tal vez a las 11 y cuarto, o así.


Comentarios

Entradas populares de este blog

SUMARIO DE PEDRO Y VILMA

PREÁMBULO (primera parte)

CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS