CAPÍTULO UNO. III. VILMA LÓPEZ

Vilma saltó de su asiento. Hacía rato que había descruzado los brazos para cruzar y descruzar sus piernas, porque no podía parar de moverse. Este hombre me ataca los nervios —debía pensar, y no pudo más—: casi me plantó las tetas en la cara, a mí, al provecto doctor Encinas, y pegué un respingo sin poderlo evitar. Y me dijo, así a bocajarro, que si su maridito iba a contar la historia desde el principio, le iba a salir muy cara la consulta. Pues que se fastidie, porque empezó antes, por lo menos un mes antes, a principios de curso.
—¿Cree usted, doctor, que es posible que no se fijara en mí hasta aquel momento, cuando yo le había estado mirando sin disimulo desde el primer día que llegué a la clase y me lo encontré sentado a mi lado? ¿Cómo es posible que compartiera pupitre conmigo y no me mirara siquiera, hasta aquel día en el pasillo, junto al grupito de lechuguinos que iban siempre a su alrededor? Sí, aquel día, cuando menos lo esperaba, va y me pide que salga con él, así, por las buenas. Un mes sin mirarme, un mes comiéndome las uñas a su lado y él… él… prestando atención al profesor, como si no hubiera nada más en la vida. Yo ya no sabía qué ponerme para llamar su atención y, precisamente aquel día que llevaba una vulgar falda gris y una camisa blanca nada favorecedora, que ni escote tenía, entonces va y me lo pide. Claro, lo tuve que emplazar para el día siguiente, tenía que arreglarme un poco —me iba la vida en ello, doctor—, yo ya había decidido que ese hombre sería mío o de nadie y usted, si conoce a las mujeres, sabrá que no hay quien nos cambie de idea, así como así.
Vilma paró de hablar, más que nada para tomar un poco de aire y, de paso, permitirme apartar la mirada de donde la había dejado prendida. Se incorporó, se alisó la falda con un movimiento mecánico, respiró hondo y continuó. Continuó interrogando, que ni que fuera de la poli.
—¿Cómo iba yo a decirle que no, cuando tanto lo había estado esperando? Por lo menos había otras tres compañeras de clase que le ponían ojitos y el muy tonto ni se enteraba. ¡Ah, pero yo sí las vi venir y no se me iban a adelantar! ¿Que qué le contesté? Él ahora dice no recordarlo, pero le dije, así, del tirón, que nos veríamos al día siguiente, a las 11 y cuarto en punto, en la glorieta de Embajadores, y que ni se le ocurriera llegar tarde, hombrepordios, que hay que ver qué lerdos son ustedes, los hombres, en estas cosas de la primera cita. Y le dirá cualquier cosa, que ya entonces se le veía venir lo profesor que iba a ser, el muy empollón. Le dirá que se acicaló para venir a verme, pero no fue así: vino con unos vaqueros desgastados que parecían heredados de su hermano mayor y una camisa a cuadros como un leñador de Alaska. Bueno, lo del patio que lo cuente él, a ver lo que recuerda, que yo ya, si eso, le enmendaré la plana luego.


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