CAPÍTULO UNO. IV. LOS MOTIVOS (O NO) DE LA CONSULTA
—Como
le contaba, doctor —mira que eres, Vilma—,
allí en el patio de nuestro instituto, que sigue siendo el mío, ese que está al
lado de la glorieta de Embajadores, aquella mañana del día creo que 18 o 19
(viernes, eso sí) del mes de noviembre del año 1979, serían las 11 y cuarto de
la mañana. —¿Por qué me miras así?—
Bueno, sigo. Pero si ya lo he contado, que ella, que a mí me parecía que iba
vestida como un ángel, diga lo que diga ahora, aquella mañana estuvo a punto de
acabar con todo sin que hubiera ni tan siquiera empezado. Vamos, que nos
habríamos ahorrado estar ahora aquí. Sí, eso doctor, dejándonos una pasta. Pero
ahora que caigo, ¿no sería mejor que le explicáramos, primero ella y luego yo,
o al revés, por qué hemos decidido venir a su consulta? A tu consulta. Es que
en el instituto estamos empezando a intentar cambiar el tuteo excesivo, irrespetuoso,
si cabe, por un voseo educativo pero no reverencial, pero como quieras, te
trato de tú, Manuel…
Pedro
se detiene un instante, pero vuelve a la carga de inmediato.
—Te
juro, Manuel, que yo he intentado por todos los medios hacer que se sienta bien
a mi lado, pero ella se muestra esquiva y creo que lo hace a propósito —sí, Vilma, no me mires así, luego hablas tú—.
Tenemos tres hijos, dos chicas y un chico. Niñas, dos, y un niño. Son
maravillosos, con sus cosas, ya sabe, ya sabes. Laura y Marta son más
retraídas, menos afables, pero en apariencia, que luego son muy cariñosas.
Pablo es más expansivo, más como su madre, más como creía yo mismo que era yo,
cuando el mundo estaba a mis pies, aquellos años en los que todo estaba a punto
de ocurrir…
Otra
breve pausa, es como si Pedro Répila tomara aire, pero no. No lo hace.
—Y
ahora que siga ella, que creo que me he perdido.
CONTINÚA EN CAPÍTULO UNO. V. VILMA AL ATAQUE

Comentarios