CAPÍTULO UNO. V. VILMA AL ATAQUE
—Pues
eso es lo malo, Pedro, que siempre te pierdes, ¿se da cuenta doctor? Bueno, si
lo prefieres, Manuel. ¿Te das cuenta de que este hombre se pierde incluso en
una calle de una sola dirección? Para mí eso es un problema muy gordo, yo
necesito encontrarle y en los momentos más cruciales, como cuando hay que
decirles a las niñas las cosas que hay que decirles, ya lo sabes, doctor, esas
veces en que hay que decirles todo, si tienes hijos me entenderás, entonces el
señor profesor tiene exámenes que corregir y cuando el chico, Pablito, que está
en esa edad tan chunga del cambio hormonal y es más difícil de controlar de lo
que yo nunca hubiera supuesto, va y el tío se
tiene que ir a un congreso de no sé qué historia de sus Historias ¡una
semana, nada menos! Y yo entonces tengo que luchar a brazo partido con un
montón de hormonas, masculinas y femeninas, que no doy abasto, hombrepordios, que es un sinvivir.
Vilma
no se detiene ni a tomar aire. No lo necesita. Los hombres la miran. La
escuchan también.
—Y
yo, entre sacar los dobladillos de las niñas, que van cortascortas que no te lo puedes creer, que a mí me parece bien que
luzcan, pero no tanto y de una sola vez, hay que dejar algo para la
imaginación… y el chico, que se empeña en mostrar la marca de los gayumbos, por
lo que me veo forzada a comprárselos de los buenos, ya que enseña, que enseñe
bien… y, la verdad Manuel, no quiero enrollarme mucho, que cobras por horas,
pero coincidirás conmigo en que en nuestra
casa de locos hace falta la presencia, al menos la presencia, aunque nunca
abra la boca, de un padre, con su autoridad masculina y todo eso, lo de la
figura paterna, protectora y educadora (uy, qué machista ha sonado eso), pero
no, él se escapa siempre que puede, que se diría que tiene un arreglillo por
ahí —sí, no pongas esa cara de inocente,
que inocente sólo fuiste durante aquel tiempo en el que yo te soñaba atrevido y
tú me saliste rana, que siempre tenías mucho que estudiar y ni tiempo tenías
para venir a buscarme, ¿te acuerdas?— Ahora dirá que no, Manuel, pero me
dio plantón la primera vez que quedamos en una cafetería y yo me tuve que
tomar… ya ni sé cuántos martinis mientras espantaba moscones a diestro y
siniestro…
CONTINÚA EN CAPÍTULO UNO. VI. PEDRO SE PIERDE DE NUEVO

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