CAPÍTULO UNO. VI. PEDRO SE PIERDE DE NUEVO
La
noche que es ya afuera lleva algún rato siéndolo dentro, en mi consulta, y el
matrimonio Répila comienza a mostrar signos inequívocos de cansancio, de ese
cansancio que nos llega cuando uno parece que no va a ningún sitio pero no deja
de moverse. Pedro mira a Vilma como la
mira desde hace ya tiempo, años. Como si Vilma fuera una momia en un museo
arqueológico, de un valor incalculable sí, pero de una presencia a punto de
esfumarse. Aunque es mejor que sepa el lector, cuanto antes, que Pedro adora a
Vilma y que si la ve como una momia la ve como la momia más hermosa que pudiera
imaginarse, pero una momia que… Bueno, mejor dejémosle hablar a él.
—Manuel,
creo que deberíamos ir terminando ya esta sesión, aunque me gustaría dejarle la
palabra a Vilma después de decir yo algo. Sí, deberíamos empezar diciendo que
ella… ella siempre quiere que le traigan
la Luna, se casó conmigo convencida de que yo le iba a poder dar la Luna, y
me parece que se equivocó. Y, ahora que caigo, puede que ahí esté todo el
intríngulis…
Y
durante unos segundos Vilma mira a Pedro y mira al sicólogo, al que ve cómo un
sicólogo —qué cosas— cuando en realidad debería de saber que es un
siquiatra, que donde han ido es a la consulta de un siquiatra, para ver si sus
desquiciadas vidas tienen un arreglo de este mundo, y luego mira de nuevo a
Pedro pues espera que su marido siga con eso de la Luna que ya le ha escuchado
tantas veces y que tanto la enerva a ella escucharle. Y, sí, Pedro parece que sigue con su cháchara…
—Sólo
una cosa, para ir acabando, para ir acabando yo, digo. Cuando nació Pablo, por
las noches casi no podíamos dormir, aunque él dormía como un lirón… pero sólo
tres horas seguidas; pasado ese tiempo, el llanto desconsolado y alarmante que
le producía un hambre biafriano, etíope, bangladesino… y hala, a levantarme, a
prepararle el biberón que había de estar listo cuando agotaba el escaso caudal
de los dos pechos de su madre —sí no me
mires así, ¿o no le dabas de mamar?—
El caso es que, me he perdido… ¿Por
qué le estaba contando esto? Sí, de tú, de tú. Me he quedado en blanco.
CONTINÚA EN CAPÍTULO UNO. VII. VILMA EXPONE SUS QUEJAS

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