PREÁMBULO (primera parte)

No hay historias corrientes, porque la gente corriente no existe: cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible. Tampoco hay dos matrimonios iguales, a pesar de la rigidez de la institución matrimonial: al fin y al cabo se trata de dos personas que conviven y comparten por amor todo aquello que, de otra forma, sería exclusivo. Un individuo se enamora de otro y  —si es correspondido—  decide abandonar el clan familiar del que formaba parte y crear otro: a partir de ese nexo de unión, de ese enamoramiento, sentirá que la vida se le hace más placentera junto a la persona elegida. En principio podría parecer que la motivación es la misma en todos los casos, pero en realidad ésa es una norma demasiado general, que no tiene en cuenta la infinita variedad de caracteres, las distintas formas de enfrentarse, tanto a las obligaciones  —la mayoría autoimpuestas—  que conlleva el matrimonio, como a los modos personales de expresión de los sentimientos. Es una ecuación con tantas y tan distintas variables que difícilmente lleva a un único y cierto resultado.
        
La etimología de la palabra matrimonio nos ofrece varias versiones. Tomaré como punto de partida la que explica su procedencia latina. Compuesta de dos palabras: matris ('madre') y monium ('gravamen' o 'cuidado'), vendría a significar 'cuidado de la madre hacia el marido/padre', puesto que en las sociedades más antiguas  —y con harta frecuencia también en la actual—  siempre se ha otorgado a la madre el cuidado y formación de los hijos y el mantenimiento del hogar, en el que el marido es una especie de ser desvalido que necesita ser atendido constantemente.  No es que esté de acuerdo con esta definición, sólo constato que ha sido así durante siglos. El ideal sería que ésa fuera una tarea compartida por la pareja como todo lo demás: a partes iguales. No me parece a mí tan dependiente de la mujer el hombre actual. Así mismo, creo que no es en absoluto necesario firmar ningún tipo de contrato previo para que dos personas que se aman pongan en común tanto sus bienes materiales como sus obligaciones morales: con la única salvedad de que fisiológicamente sólo la mujer está capacitada para parir y amamantar —hasta ahora, no sé lo que dirá la ciencia en un futuro—, para todo lo demás ambos miembros de la pareja están perfectamente dotados, así que no valen excusas.
        
Pero el matrimonio sigue siendo en la actualidad la institución social por excelencia. Es la propia sociedad quien, de algún modo, exige que exista un registro de ese vínculo, ya sea éste civil o religioso, para otorgar a la pareja una serie de derechos a los que puede tener acceso, tanto de tipo económico como de reconocimiento de su propia identidad, equiparable a la de sus iguales. En la base de este hecho social es condición  —si no imprescindible, al menos deseable—  que exista un previo enamoramiento, sin el cual se trataría de una prosaica relación societaria, cooperativa. Así pues, la daré por supuesta para hablar de las fases problemáticas por las que puede pasar un matrimonio, tomando como ejemplo a una pareja que se casó por amor y que, precisamente por ello, encuentra los más peregrinos motivos de discusión, como así sucedió entre las dos personas que ocuparán el sofá del siquiatra. Os hablaré de un hombre y una mujer, porque es en este tipo de pareja en donde yo puedo aportar mi propia experiencia y conocimientos. No será necesario insistir en el hecho, ya conocido y reconocido socialmente, de que existen hoy día matrimonios entre personas del mismo sexo, con las mismas ventajas y los mismos inconvenientes que los heterosexuales.
        
Nuestra pareja (a los que llamare Pedro y Vilma, como aquél delicioso matrimonio prehistórico de dibujos animados) se enamoraron en el instituto  —sí, son muy convencionales—  y se casaron muy jóvenes y llenos de ilusión. Su amor era muy intenso, apasionado: se echaban de menos apenas se separaban y vivían pendientes de la hora de volverse a encontrar. Pronto tuvieron su primer hijo   —Pablo—  que les colmó de dicha, a pesar de la bisoñez de la parejita para enfrentar los problemas de la crianza, que son tantos y tan variados. Aunque dos años después nació Laura y ya les pilló más prevenidos. Y al año siguiente vino al mundo Marta, con lo que podríamos decir que ya se habían ganado el título de padres. O sea, de padre y madre, que son cosas similares, pero no lo mismo. Recuerden: matris, monium.


Comentarios

Unknown ha dicho que…
Me ha gustado lo que he leído. Habrá que esperar a los siguientes capítulos, pero la historia promete.
Marisa ha dicho que…
Seguiremos contando las peripecias de esta singular pareja. Espero que os guste.
José Luis Ibáñez Salas ha dicho que…
Todo el mérito es de Marisa. Vas a disfrutar, vaya que sí.
AlmaLeonor ha dicho que…
¡¡Ya me ha enganchado!! :D
¡Felicidades por esta magnífica colaboración!
Marisa ha dicho que…
Me alegra que te enganche, mi Alma. No todo el mérito es mío, por mucho que se empeñe Jose. Él marcó la línea masculina de la trama, con su desenvoltura y su gracia. Yo sólo la seguí.
Takeo ha dicho que…
Empezada, todo un hito. Seguiremos adelante.

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