PREÁMBULO (segunda parte)

Toda esa etapa de la crianza la vivieron muy intensamente, preocupados y ocupados en conseguir hacer de sus niños personitas agradables, aunque el éxito no fuera el mismo en los tres casos. Pablo era un chico extrovertido, alegre y afectuoso, una mezcla perfecta de Pedro y Vilma, que pronto se reveló, además, como el niño estudioso que iba a ser, tal vez influido por las lecturas de papá junto a su cama y que hacían que el niño siempre se durmiera con el sonido dulce de su voz… ¿no os lo he dicho todavía? Pedro es un hombre muy cariñoso, adora a Vilma y ama a sus hijos sobre todas las cosas. Sacó muy buenas notas al estudiar la carrera y obtuvo su cátedra con facilidad. Y el niño parecía haber heredado de su padre las facultades para el estudio y su pasión por la lectura, tanto como la vivacidad de Vilma. La mayor de las niñas, Laura —lista como ella sola—, todo lo comprendía al primer vistazo y no necesitaba hacer muchas preguntas. Por otra parte, era coqueta y cuidaba de su agraciado físico con un esmero digno de mejor causa. También le gustó, mientras fue pequeña, que papá le leyera cuentos, pero exigía que tuvieran siempre un final feliz. En cambio a Marta, la pequeña, le gustaban los relatos de misterio y papá tuvo que inventarlos cuando se le acabó el repertorio: siempre pedía alguno nuevo, no le gustaba la repetición. No era tan bella como su hermana y su madre, pero ese detalle nunca le causó mayor preocupación. Introvertida, callada, siempre entre libros, no hubiera sido más diferente a sus hermanos si hubiera sido adoptada. La genética tiene esas cosas.
        
En resumidas cuentas, era una familia feliz como tantas otras. Pero —¡ay!— todo este trajín de críos restaban a Vilma y a Pedro parte del tiempo que antes dedicaban a adorarse. He aquí la primera crisis, que no por ser habitual en cualquier pareja en sus mismas condiciones, fue vivida por ellos con menor preocupación. El amor seguía siendo intenso pero tenían pocas ocasiones de disfrutarlo, embebidos en la exigencia de atención de sus retoños. Lógicamente, esta primera crisis se soluciona con el paso del tiempo, en la medida en que los niños van haciéndose menos dependientes de los cuidados materno/paternos, con la asistencia a la escuela y la aparición en sus vidas de sus propios grupos de amigos, con sus mismos intereses y sus mismos deseos de liberación del control parental. Nuevamente, la pareja menudea sus encuentros y sus arrebatos pasionales. ¡Crisis superada!
        
Pero después viene la parte en la que Pedro empieza a dedicar más tiempo a su trabajo y Vilma se siente sola, arrepentida de no haber completado sus estudios y tener ahora una profesión en la que buscar su propia realización, de tal modo que dispusiera de menos tiempo para pensar en las deserciones de Pedro, que nunca deja de estudiar para estar al día y asistir a congresos y conferencias que le enriquecen y que a ella siempre le parecen demasiado aburridas como para acompañarle más allá de una o dos veces al año. A los compañeros de su marido los encuentra demasiado serios y a las colegas un poco lagartas, pues le miran siempre con más interés del que —para su gusto— sería necesario. Los amigos del tiempo del instituto, aunque no han dejado de verlos, están todos ellos embarcados en aventuras muy similares a las suyas. Y lo peor de todo es que Pedro no parece darse cuenta de la soledad de Vilma. Aquí es donde aparece la segunda crisis, esta vez más dura, más rompedora: menudean las discusiones, en las que Vilma lleva siempre la voz cantante, debido al carácter dócil y al particular ensimismamiento de Pedro.

Y en este punto y hora entrará en escena el terapeuta. No recuerdan muy bien quién se lo ha recomendado (seguramente alguno de sus viejos amigos, que se ha visto ya en una situación similar) y toman la decisión de pedirle cita, puesto que los dos desean de igual modo recuperar la magnífica relación que hubo entre ellos en un principio y que les colmó de felicidad. No os distraeré más: voy a contaros lo que sucedió. En última instancia, vosotros, lectores, podréis juzgar si valió —o no— la pena pasar por todas estas vicisitudes.

                              CONTINÚA EN CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS

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