CAPÍTULO DOS. I. SEGUNDA VISITA
Una
tromba, en la que se adivinan las formas de Vilma desdibujadas por el ímpetu,
entra a saco en mi despacho de doctor,
Manuel para los amigos, marcada de cerca por la ostentosa rubia que ya
hemos convenido en que es mi esposa, que intenta por todos los medios —sin
conseguirlo con ninguno— evitar que el accidente meteorológico afecte a la
integridad del despacho de su marido, quien en el ínterin se (me) ha (he)
levantado de mi asiento a la velocidad con la que habría esquivado el golpear
de una ola.
Pasada
la primera impresión y dadas las excusas pertinentes por parte de Huracán
Vilma, el doctor (yo) hace un tour visual por la consulta y la
antesala, en busca del personaje que falta.
—No
te canses, Manuel —dice con displicencia Vilma—, le he dejado aparcando el
coche. Subirá enseguida. Espero. Podría darle por beberse antes un té en el bar
de la esquina. Ya sabes que se toma todo con la mayor calma. Pero yo quiero
aprovechar la ocasión que nos brinda su cachaza para decirte que, si esto va a
durar mucho tiempo, yo no sé si voy a
poder soportarlo.
Yo,
con los ojos vueltos al techo en señal de paciencia infinita, intento calmarla:
—Mujer,
si sólo es la segunda visita,
estamos aún en los prolegómenos, tenéis que contarme todo cuanto yo necesite
saber para hacerme una composición mental de vuestro problema, si es que hay
tal, para intentar daros una, llamémosla solución, llamémosla tratamiento,
que pueda devolver vuestra relación al punto al que, por otra parte, puedo ver
que ambos dos deseáis ardientemente regresar.
La
mirada de Vilma se vuelve, si cabe, más desconfiada. Creo que nota un cierto
retintín en mis palabras, algo así como un
corporativismo masculino que de ninguna manera piensa consentir. No es asunto
baladí el que allí se está tratando.
—Mire,
o mira, doctor —me dice Vilma con su expresión más lograda de seriedad:— el
asunto es que aquí tenemos un matrimonio que se casó por amor y que podría
terminarse ahora, precisamente por el mismo motivo: por amor.
Aludido,
miro a la mujer de Pedro con la mejor de mis sonrisas y le pido calma:
—¿Cómo
puede un matrimonio acabar por amor? Eso vas a tener que explicármelo, Vilma.
Normalmente se acaban por lo contrario, por desamor. Creo que han llamado al
timbre —añado—, dime lo que sea, antes de que Pedro entre, a ver si logro
entenderte.
—Pues
está bastante claro —hay que ver como
sois los hombres— yo le quiero, él me quiere —lo sé—, pero esto no
funciona; ergo, acabaremos por amor: amor
inestable, amor inconciliable, amor en distintos planos de la existencia, pero
amor, amor por un tubo. Pregúntale, ahí le tienes, pregúntale por qué cada
vez nos comprendemos menos, si nos queremos más.

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