CAPÍTULO DOS. II. PEDRO NO ENTIENDE NADA

—Parece que se habla de mí aquí dentro, ¿o me equivoco?

Vilma y el doctor ponen cara de minocomprender, pero son dos rostros incapaces de sacar a Pedro de su convicción, la que le ha otorgado haber escuchado con nitidez —al menos tres veces— su nombre mientras esperaba en el rellano del piso a que le abrieran la puerta, dos en la voz de una mujer, no de una cualquiera, la de la mujer que todavía hoy le hace sentirse el hombre más suertudo del mundo, y una en la cada vez más familiar del siquiatra Encinas.

—Antes de empezar esta sesión quisiera dejar sentado algo, sobre todo a ti, doctor, Manuel…

Pero antes de que Pedro haga emerger ese discurso que parecía traer incorporado desde donde haya dejado aparcado el coche, yo, el siquiatra, le suelto, como uno de esos cubos helados que hace unos veranos se hicieron tan famosos, la pregunta que Vilma quería escuchar…

—¡¡¡¿Que porqué cada vez nos comprendemos menos, si nos queremos más?!!!

—¡¡¡Epa!!!

Y suena en la habitación esa interjección como algo antiguo, como el exabrupto de un héroe de tebeo de los años setenta.

—¡¡¡Epa!!!! Vilma y sus preguntas de respuesta imposible. Vilma y sus análisis pormenorizados de cada gesto, cada frase, cada riesgo, cada certeza, cada actitud, de cada todo. ¿Sabes, Manuel, que la primera vez que le regalé algo me dijo que cómo me había gastado tanto dinero en algo tan feo? Así. Enalgotanfeo. Y lo del precio, lo de que fuera caro, era un jersey, me imagino que lo sabría por la marca, una marca que yo no había visto en mi vida, de la que jamás había escuchado hablar, una marca de ropa que, eso sí es verdad, tenía el tipo de precio que a uno le deja tranquilo cuando lo gasta para regalar. Enalgotanfeo.

Iba a tomar aire Pedro. Y lo toma. Y prosigue.

—Sí, ya sé que eso no responde la pregunta/trampa de Vilma, esa de comprenderse cada vez menos y a la vez quererse más. Pero el caso es que yo sí la comprendo, la comprendo muy bien, la frase.

Vilma se revuelve a su lado, respetuosa del turno de palabra pero inquieta, con esa inquietud del que sabe que un minuto más tarde puede ser un nunca. Pero se aguanta, literalmente se muerde la lengua, mientras yo la miro de reojo, más atento al borde del histerismo al que se abisma Pedro.

—Le voy a poner un ejemplo. Vilma no me dejará mentir.

Y Vilma no puede contener una risa sardónica, a la que su marido y yo casi no prestamos atención porque ambos habíamos interiorizado que ella se iba a desternillar con la frase. En fin, vayamos con Pedro…

—No. No me dejarás mentir. Es una frase hecha, para qué me molesto… Yo lo que amo en Vilma es lo que no acierto a comprender. Y no me hago preguntas. Eso sí, si hay algo de ella que me irrita es que no pueda soportar a todas las personas que le presento. Mis amigos de la infancia, de la juventud, mis compañeros de trabajo, sobre todo las compañeras. Que si la miran así, que si le dicen que tal…



El silencio súbito —como de agotamiento tras tres sets contra Rafa Nadal— se instala en la salita. Y ya Vilma se estira la falda y se atusa la melena y ensaya en una décima de segundo su intervención, el comienzo de su turno.



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