CAPÍTULO DOS. III. TURNO DE VILMA


—Espero que te hayas dado cuenta del detalle, Manuel. ¡Ah!, ¿que no sabes a qué me refiero? Pues en ese caso, vamos a ir de cráneo.

Para sus adentros, Vilma se dice: ¡pues vaya con el licenciado en Ciencias del Comportamiento! Y para sus afueras, sube un par de decibelios la voz para espetarle al susodicho doctor que…

A Pedro hay que leerle siempre entre líneas. Porque en las líneas, o sea, en su representación pública, siempre da una de cal y una de arena, y allá tú con cual te quieras quedar. A saber: entra acaloradamente, diciendo que hablamos de él a sus espaldas. Ésta es de arena, porque muy clara no es que sea. Difícilmente podríamos hablarle a su espalda, cuando no la había introducido él en este despacho, ni la espalda ni el resto de su cuerpo, a menos que fuera de forma astral. Luego te cuenta no sé qué de un regalo, esta no es ni de cal, ni de arena, es directamente una impertinencia, que yo le he despreciado diciendo que era feo y caro. Ambas cosas son ciertas, pero comprenderás que no se lo dije así, tan a lo bestia. Yo lo que le dije, creo recordar, es que hay que ver, la cantidad de dinero que gasta en regalos, cuando el único regalo que quiero me lo escamotea siempre. Y después nos suelta una de blanca cal, diciendo que me ama pero no me comprende, que es, al fin y al cabo, de lo que estábamos hablando cuando él se materializó.

Y, volviéndose hacia Pedro, con su mejor y más espontánea —hasta el momento— expresión de infinito amor, le dice:

Ya sé que me quieres, Pedro. De no saberlo, no me habría casado contigo. Pero, por ese mismo amor que me tienes, deberías saber por qué no aprecio en lo más mínimo a esas compañeras tuyas, que no hacen sino enviarte cantidades ingentes de hormonas para tratar de enredarte, todas y cada una de ellas: es la desventaja de haberme casado con el hombre más guapo, más bueno, más dulce, más… más… Esas lagartas que me miran desde la atalaya de sus títulos rimbombantes, no pueden soportarme porque he sido yo, yo, quien se ha llevado el premio gordo sin necesidad de jugar. Y yo no las aguanto, porque tú pasas más horas al día con ellas que conmigo. Que es que no puede ser, que te traes el trabajo a casa cada día, que los niños y yo te echamos en falta, cuando no estás y cuando estás, que digo yo que si trabajaras más en el Instituto, en vez de tontear con las petimetras, no sería necesario que te encerraras en tu estudio hasta que te vence el sueño, que además a mí me ha vencido ya hace rato y me he quedado dormida cuando vienes a la cama.

Vilma coge una honda bocanada de aire, que hace rato ya que le falta, tras la larga perorata sin fisuras donde respirar. En realidad, son tres veces seguidas las que toma aire, porque últimamente —y a escondidas de Pedro— ha vuelto a fumar y sus pulmones están un tanto disminuidos. Pero como ya va lanzada, continúa, ante el silencio de los dos hombres que han quedado prendidos de los ejercicios respiratorios de la esposa-paciente, subiendo y bajando sus miradas al mismo compás que su blusa de seda, de un color de coral que acentúa el verde marino de sus ojos, diciendo:

—A tus amigos de juventud, que sabes bien que la mayoría son amigos comunes, les tengo mucho aprecio. Pero es que todos, incluso los pocos que se han casado, me miran siempre con ojos glotones, me hacen guiños por detrás de ti y me piropean con lo que a ti te parece galantería de buenos amigos, que es que no te enteras, Pedro, que más de uno te pondría arsénico en el café, si supieran de donde sacar el arsénico y si tú tomaras café, que sólo tomas infusiones.

Los dos varones siguen sin pestañear el arrebatado discurso de la mujer embalada, que no se detiene:

—¿Y a qué se debe eso, te preguntarás, aunque no creo que te preguntes nada, por qué mis amigos se atreven a ponerle ojitos a mi mujer a mis espaldas? Pues está muy claro, Pedro. Porque tú, con tu despiste vestido de desinterés, ¿o es al contrario?, les das a entender que tienen el campo libre. Y eso no es cierto. Ni tú ni yo hemos despejado el campo. Eso, querido, no se puede hacer sin haberlo hablado antes.


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