CAPÍTULO DOS. IV. PEDRO SE PONE NERVIOSO
—Enalgotanfeo… era el primer regalo,
doctor, el primero. Aunque ella ahora mezcle esa salida de tono con la de veces
que ha ninguneado mis presentes. Mis presentes, ¡tiene gracia! ¿Y qué regalo
quieres, Vilma, cuál? No, no, espera, aguarda a que acabe. Bueno, a que siga…
Que tonteo en vez de hacer mi trabajo, que mis compañeros, que todos los tíos,
en realidad, que eso no lo has dicho, hoy, pero lo piensas y lo sueltas cada
vez que se te antoja, que todos los tíos
te devoran con la mirada…
Vilma
se impacienta al lado de Pedro y hace gestos como de repetir los propios ademanes
nerviosos y alterados de su marido, que en realidad son mejores como copias que
el original irritado —pero divertido— que se agita en el mismo sillón donde
ella se da cuenta de que tiene la punta del botín rojo de su pie izquierdo
arañada y eso la hace descuidarse unos segundos y desatender el discurso un
tanto histérico que él sigue aventurando ante los ojos de Manuel Encinas
Cubero, su sonriente siquiatra:
—Me
calmo, me calmo, sí. Claro que me calmo, si estoy tan tranquilo, para eso hemos
venido aquí, para eso estamos aquí en la consulta del doctor Encinas, para ver si nuestro patrimonio tiene
solución.
Ha
pronunciado patrimonio, así con p de patrimonio…
y solo a él le ha pasado inadvertido el error, porque debe ser un error la
palabra, su uso en esa frase, en este discurso, en ese momento. Y Vilma, que
momentáneamente ha dejado de pensar tanto en el botín como en la enredada
manera de entender la terapia de su marido, y el siquiatra aguardan cada uno con un grado de impaciencia la
reparación del fallo. Pero Pedro continúa hablando… En realidad, finaliza su
intervención:
—Porque
la tiene, de eso estoy seguro.
CONTINÚA EN CAPÍTULO DOS. V. TROPEZONES

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