CAPÍTULO DOS. V. TROPEZONES

—¡Que tiene solución! ¿Que tiene solución, dices? ¡Pues no estés tan seguro, porque cada vez que abres la boca lo estropeas más!

Vilma está ya fuera de sus casillas —si es que hay casillas capaces de contener a Vilma—, hasta el extremo de que su cara se está poniendo tan roja como sus botines. Yo trato de calmarla —de calmarlos a los dos, porque Pedro se ha levantado del sofá compartido y se ha puesto a pasear, arriba y abajo, abajo y arriba, de un lado a otro de la consulta, que si bien no es pequeña, no es muy cómoda para pasear, por la cantidad de objetos, semovientes o no, que hay en ella—. Irremediablemente, Pedro acaba tropezando con la pata, con una de las cuatro patas del sofá y va a dar, aparatosamente, sobre la encendida Vilma, quien inmediatamente salta y se sacude la falda, como si lo que le hubiera caído encima fuera la ceniza del cigarrillo que su marido estaba fumando.

—¿Y qué haces tú fumando, si se puede saber, si hace años que lo dejaste?

Pedro se mira la mano, los dedos que sostienen el cigarrillo, y dice:

Eso digo yo, ¿qué hago yo fumando?
Mientras, yo me ahogo de la risa y mi mujer (la enfermera rubia, digo) alarmada por el ruido y por las carcajadas que no suele oír a su marido (yo, no Pedro) irrumpe… a ver, la que irrumpe es Carlota, mi mujer, es decir, Carlota aparece de pronto en la consulta diciendo:

—¿Qué está pasando, qué escandalera es ésta? ¿Te están atacando, querido? ¿Debo llamar a la policía?

Los tres, Pedro, Vilma y yo (¿ya he dicho que me llamo Manuel, no?), nos volvemos a un tiempo hacia la invasora de nuestra intimidad y le gritamos al unísono:

—¡¡¡Fuera!!!

Hecho éste que provoca la estampida de la pobre mujer, que sale de la consulta con pasitos cortos y rápidos, con su estilo de Marilyn Monroe, que la hacen contonearse más de lo normal, provocando un nuevo ataque de risa del terceto, que nos encontramos ya al borde de las lágrimas.

Poco a poco, los espasmos van cediendo y, entre hipidos y ayes, me recompongo y les largo el discursito: que si esto es lo que estáis necesitando, que si las cosas nunca son tan graves como parecen, que si la risoterapia —está científicamente demostrado— funciona a las mil maravillas. Pedro y Vilma, lentamente, se van calmando y se van girando, uno hacia el otro, los ojos de Pedro colgados en los de Vilma, los labios de Vilma temblando, las manos de Pedro acariciando, y al final sólo son un revoltijo de manos que tiemblan, de labios que besan, de ojos cerrados, como se cierran siempre, no se sabe bien por qué, cuando dos enamorados se besan apasionadamente.


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