CAPÍTULO DOS. VII. CARLOTA, LA INDISCRETA

No, no es Vilma quien se está riendo. Vilma lo que hace es mirar a su marido fijamente, como si lo viera por primera vez en su vida, como si acabara de conocer al hombre maravilloso de sus sueños adolescentes y se estuviera planteando el modo de no dejarlo escapar. ¿Entonces? ¿Quién se ríe, con risa cantarina, tan parecida a la de Vilma, que ella misma busca con extrañeza la procedencia de tan incongruente algarabía?


Los tres, Pedro, Vilma y el doctor, se vuelven al mismo tiempo hacia el rincón de donde procede la risa histérica —que en eso se ha convertido ya—, para encontrar a la desternillada copia de Marilyn, o sea Carlota, que ha permanecido, contra toda consideración ética, a la escucha de la disertación de Pedro, el atribulado Pedro, que ya no sabe a quién mirar, con quién enfadarse, o si mandarlo todo a la porra y llevarse a casa a su Vilma, quien, tras echar un vistazo a la operada y hormonada rubia de bote que es Carlota (nota mental: preguntar al doctor Encinas si la fijación por Marilyn es suya o de la propia Carlota) ha vuelto a colgarse de los ojos de su Pedro, tan azules, tan dulces, tan desvalidos en este momento…

Por supuesto, quien decide la cuestión soy yo, poniendo a mi mujer en su sitio (es decir, afuera, en su escritorio de enfermera falsa) y a mis pacientes cómodamente instalados de nuevo en el sofá, donde se están mirando embobados, las manos entrelazadas y una expresión entre el infinito amor y el tremendo desconcierto, así como si se estuvieran preguntando, ambos a una: ¿qué demonios estamos haciendo aquí? Y yo, temiendo quedarme sin pacientes, carraspeo y comienzo a hablar:

—Dime, Vilma, ¿qué te ha pasado por la cabeza cuando tu marido nos estaba contando la primera vez que hicisteis el amor?

Tras unos instantes mágicos de silencio, Vilma rompe a hablar tal que si todo lo anterior no hubiera sucedido, como continuando la conversación que Pedro interrumpió:

—No me río Pedro, ¿cómo voy a reírme, cielito? Ese día, tan maravilloso en el fondo, lo pasamos francamente mal, entre el terror compartido a que la puerta se abriera de repente y los miedos que cada uno teníamos de no estar a la altura de las circunstancias, pues eso fue lo que pasó, que ninguno de los dos lo estuvimos. Yo no supe contener tus ansias para ponerlas al ritmo de las mías y tú, pobrecito mío, sé que lo intentaste, aunque sólo fuera con el pensamiento, sé muy bien que querías que los dos llegáramos a tocar el cielo en el mismo momento, pero yo no supe o no pude evitar la risa cuando vi tu carita desconsolada mirando hacia aquel río de aguas turbulentas que se había desatado bajo tus ingles, alcanzando distintas partes de mi anatomía y hasta de la tuya, que aquello no había cauce que lo controlara. No, no me reía de ti, cariño, era una risa nerviosa, era un quéhagoyoahoracontodoesto, era un sacar diecisiete clínex de la caja para tratar de contener aquel volcán, tratando de no mirarte a los ojos, para que no quedáramos llorando y abrazados como dos náufragos en una tormenta, que es como finalmente quedamos.

Vilma coge aire. Sí, esta vez sí. Y prosigue.

—Mira, Manuel —se volvió Vilma hacia mí—, creo que no has hecho bien en largar a tu mujer de aquí, porque tú serás muy siquiatra y todo eso de las ciencias, pero yo así me siento en desventaja: los hombres tendéis a apoyaros y yo necesito tener también alguien en quien apoyarme, así que ya estás llamando a Carlota, de paso que le pides que nos traiga unas tilas a Pedro y a mí —Pedrito, amor, tranquilízate, ¡ea! no es nada, mi niño, ¡ea! ven con mamita, así, pon tu cabecita aquí, verás cómo te relaja oír los latidos de mi corazón—, no sé si te das cuenta Manuel, tú eres el médico, qué te voy a decir yo, pero a mi Pedro no se le puede poner así, frente a los hechos, tan de golpe. Piensa que él es historiador y tiende a dar vueltas a las cosas antes de decidirse a afrontarlas. Yo creo que la decisión de serlo —historiador, digo— la tomó aquél mismo día en que todo se le precipitó —jajaja— y pensó: nunca más. Eso, al principio, resultó, pero si ahora estamos aquí, intimando como quien no quiere la cosa, se debe, precisamente, a que con el tiempo ha ido llevando las cosas al extremo opuesto, y ya no hacemos nada sin un previo período de estudio y unas conclusiones finales probadas y demostradas, lo que, como muy bien comprenderás, acaba con cualquier asomo de deseo. Y eso que, a la vista está, a mí los deseos se me escapan por todos los poros, que parezco todo el tiempo un semáforo en ámbar.

Corté la verborrea de la mujer de Pedro y les mandé a los dos a casa, con el encargo de tomar una buena ducha, a ser posible juntos, para irse fresquitos a la cama y allí poder evocar sus recuerdos de aquella primera vez —que para mí era de lo más normalita— y ponerlos en común y revivirlos, para explicármelos en la próxima consulta, que por ser a cuatro a petición de Vilma, habría de tener lugar en casa de los Répila, dadas las estrecheces demostradas de la consulta.

Vilma tomó de la mano a Pedro, que aún permanecía ensimismado, y le llevó hacia la salida amorosamente, buscando en sus ojos los primeros síntomas de recuperación.


Comentarios

Entradas populares de este blog

SUMARIO DE PEDRO Y VILMA

PREÁMBULO (primera parte)

CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS