CAPÍTULO UNO. VII. VILMA EXPONE SUS QUEJAS

En blanco se ponen los ojos de Vilma, pero cuando recupera la visión se vuelve rápida hacia su maridito y le espeta: ¿y cuándo no te quedas tú en blanco? ¡La excusa de siempre para no seguir hablando, que ya me lo sé de memoria! Y, cruzando las piernas —aumentando así mi natural nerviosismo—, me dice:

—Tú lo has oído, Manuel, me ha llamado momia. Eso es lo que yo soy para él, una momia guardada en una urna. Si al menos hubiera dicho el busto de Nefertiti, o la Joya del Nilo, todavía. ¿Pero momia? Además, que yo sepa, nunca le he pedido la Luna, sobre todo porque nunca pido imposibles… aunque alguna vez, ni recuerdo cuánto hace de eso, él me la ofrecía, vaya que sí: la luna que me pidieras, la luna yo te daría… Pero eso era cuando aún quedaba en él algo del romanticismo que me enamoró, cuando yo era eso, una adolescente romántica.

Prosigue Vilma, así, sin más.

—Ahora soy una persona adulta, tengo (tenemos) tres hijos y hemos de pensar en cosas prácticas. Lo que no es sinónimo de aburridas. Y créeme, Manuel, mi vida no puede ser más aburrida, por eso he tenido que buscarme un trabajo para tener algo en que ocupar mis horas. Y porque tengo necesidad de ser alguien, yo misma, no la señora del historiador fanático de su trabajo. Necesito vestirme cada día y salir a la calle, hacer algo de provecho. Y mi tiendecita de abalorios me pone en contacto con otras mujeres: no puedo sufrir ni a sus compañeras historiadoras —que son unos callos, dicho sea de paso— ni a las esposas del elenco de siesos con los que comparte profesión.

Mira de reojo a Pedro, como pensando: pone una carita de pena que es que no se puede aguantar, pobrecito, igual me estoy pasando.

—Sigo— me dice: — Es cierto ¿cómo voy a negarlo? que cuando nació Pablito él se portó muy bien, fue un padrazo extraordinario y adoraba a ese niño tan deseado, yo lo miraba con arrobo cuando le cambiaba los pañales, cuando le daba el baño. Entonces me trataba como a una reina y me hacía sentir tan bien que no necesitaba la Luna que me ofrecía, me conformaba con tenerle a él, y a mi niño, estábamos unidos de verdad, fue una época maravillosa en la que él volaba a casa en cuanto terminaba su trabajo para estar con nosotros el mayor tiempo posible.

Esta vez, el rabillo del ojo le mostró la cara de felicidad de Pedro, que tampoco se podía aguantar, de lo tierna que era. Vilma debió pensar: estoy aflojando y en este momento, es lo peor que puedo hacer; si yo cedo, él se me crece. Y continúa hablando:

—Pues bien, Manuel, ahora tendrá que ser él quien te explique (a ver si yo, de paso, me entero) por qué ha cambiado tanto. Pero creo que estamos abusando de tu tiempo y me parece que tu mujer está carraspeando tras la puerta para ver si nos vamos de una vez. Tú dirás, doctor, qué ritmo o con qué frecuencia quieres que continuemos las sesiones. Por el dinero no te preocupes, pero no nos pidas la Luna, que esa es mía.



Comentarios

Entradas populares de este blog

SUMARIO DE PEDRO Y VILMA

PREÁMBULO (primera parte)

CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS