CAPÍTULO UNO. VIII. ACABA LA PRIMERA SESIÓN
Pedro
se dispone a hablar cuando yo, que prefiero no tener que vérmelas luego con mi
propia esposa, no tengo tiempo de reparar en la actitud de mi paciente y me
levanto de mi sillón con ese aire de anfitrión resuelto que viene a decir: bueno,
me voy a cenar, que ustedes tendrán que irse. Y de hecho digo, les digo
a Pedro y a Vilma, que a su vez se incorporan del sofá en el que han estado
sentados uno junto al otro, indiferentes al espacio que no han habitado:
—Bueno,
creo que como comienzo de esta relación no está nada mal. Me refiero a la
relación médico-paciente, pacientes en este caso. No sois el primer matrimonio
que pasa por mi despacho, ni seréis los últimos. Como os dije, como te dije a
ti, Pedro, cuando me llamaste hace cosa de… ¿un mes?: estáis en buenas manos.
Y
no puedo evitar mirar —apartando, eso sí, todo descaro evidente— a Vilma y a
sus maneras y su aspecto de mujer muy mujer, femenina y de un atractivo serenamente concreto.
—Entonces
venimos… ¿qué día, Manuel?
La
pregunta casi no la puedo escuchar, pues ya he cerrado la puerta principal del
salón de visitas profesionales, y cuando la abro de nuevo, al darme cuenta de
mi descortesía, no me encuentro ya la presencia de Pedro ni de Vilma, que han entrado en el ascensor que les devuelve
al paseo de las Delicias y al bullicio de una ciudad preparada para el
derroche pero repleta de miseria.

Comentarios