CAPÍTULO CUATRO. I. PEDRO Y LAS MALETAS

La familia se había reunido alrededor de la mesa para cenar, pero el silencio era palpable, además de desusado. Sólo se escuchaba el sonido de los cubiertos al chocar con los platos y el gorgoteo del vino —o del agua, en el caso de los niños— al llenar los vasos. Ni tan siquiera se atrevió ninguno con un sencillo acércame el pan, por favor o un ¿me pasas la sal? Resultaba más duro de masticar el ambiente que la ternera recalentada que se habían servido con desgana. El cruce de miradas —unas disimuladas, otras directas y francamente interrogadoras— era tal que algún bocado no fue a parar al lugar indicado por falta de atención.

Acabada la cena, todos se aprestaron a recoger sin necesidad de que los padres insistieran en la colaboración de los hijos, como solía suceder. En pocos minutos, éstos dieron las buenas noches y se refugiaron en sus habitaciones, huyendo de aquella desacostumbrada tirantez. Excepto —claro está— en el caso del matrimonio, que todavía compartía habitación.

Pedro se sentó, abatido, en su lado de la cama, tan al borde como si un resorte fuera a dispararse en cualquier momento, haciéndole saltar. Seguía con la mirada a Vilma, que había colocado su pequeño trolley rojo abierto sobre la cama y colocaba en su interior, con rapidez y economía de gestos, todo lo necesario para los tres días que pasaría fuera. Cuando hubo terminado y cerrado la maleta, se volvió hacia su marido y se quedó mirándolo fijamente hasta que, por fin, el hombre cayó en la cuenta de que también él debía hacer algo similar y de que, realmente, no sabía cómo hacerlo, puesto que Vilma se había ocupado siempre de ello. Su gesto de desolación fue elocuente, pero ella no se permitió claudicar: aquella dependencia de Pedro era una de las primeras cosas que debían acabar, así que miró para otro lado, se puso el camisón (oh, cielos, se ha puesto el camisón azul cobalto) entró en el baño y comenzó a desmaquillarse ante el espejo (enesapose, con el culito para fuera) y luego a cepillarse el pelo con energía (lo que quiere es volverme loco, moviendo así las tetas) y cuando salió, él, por sí sólo, había conseguido encontrar la maleta y —a duras penas— descorrer la cremallera para abrirla… Vilma miró desconsoladamente la maleta vacía:

—Piensa un poco, Pedro —le dijo—, se supone que pensar es tu oficio. Vas a estar tres días fuera de casa. Necesitas tres mudas de ropa interior, un par de pantalones —o dos, por si uno se te mancha, o se rompe— y tres camisas, algún suéter y un pijama. Y tu bolsa de aseo. Es así de sencillo. Ni se te ocurra cargar con el portátil, porque no vas a trabajar. Llévate un cuaderno y unos lápices para hacer un listado de las cosas que te molestan, de las que deseas, de las cosas que te gustan de mí y que hicieron que te enamoraras aquella mañana en el instituto, escribe lo que sentiste el día de nuestra primera cita, compón unos poemas, escribe un cuento protagonizado por nosotros, esas cosas que tú sabes hacer tan bien y que a mí me llegan al alma. ¿Cómo es posible que deba decirte yo todas estas cosas? ¿Dónde ha ido a parar toda esa sensibilidad tuya que me enamoraba?

—Cariño, no sé de dónde sacas la idea de que yo haya perdido mi inspiración. Yo siento por ti lo mismo ahora que entonces, más aún, si es que eso fuera posible. Cada mañana, cuando abro los ojos y veo los tuyos tan cerca, bajo esas pestañas como cortinas que me ocultan tus sueños, mi primer impulso es el de besarlos suavemente, así, despacito, rozarlos apenas con mis labios —Pedro acompaña las palabras con la acción— para tratar de adivinar a través de ellos la verdad de tus sueños —Vilma cierra los ojos, dejándose besar— sin despertarte por si yo estoy en esos sueños donde quiero quedarme para siempre —Pedro desliza los tirantes del camisón azul cobalto que le enloquece— y contemplar, como ahora, la belleza de tu cuerpo —Vilma se estremece por la caricia de las manos de Pedro sobre sus hombros— para llevármela en la retina y revivirla en cualquier momento del día —Pedro baja lentamente los dedos que rozan despacio la piel de ella— porque tú sigues ocupando la totalidad de mi mente, tanto como yo deseo ocupar la totalidad de tu cuerpo, así —Vilma entregada, rendida a las caricias y abriéndose a él—.


La maleta vacía sobre la cama, con sus esquinas, sus cremalleras, sus correas y el enardecido Pedro enviándola al suelo de un manotazo, para seguir explicándole a Vilma cómo siente que la vida se le va y se le viene en cada dulce embestida amorosa, lo mismo hoy, en este instante mágico, que aquel otro en que la tuvo por primera vez, intimidado por la seguridad con la que ella acogía sus caricias y le hacía sentir aquél trémolo desconcertado, tan maravillado, avasallante, poderoso, tan entregado. Tan suyo. Tan de los dos.

Entonces Pedro la miró a los ojos y vio que Vilma lloraba. Desesperado, bebió las lágrimas de su mujer, sabiendo que había descuidado demasiado tiempo explicarle a ella lo que sentía mientras la estaba amando, que no hay que dejar nunca de utilizar el don de la palabra, que no hay que dar por sabido lo que cada día es nuevo, fresco, recién estrenado. En un instante comprendió lo que ella había dado por perdido. En ese mismo instante decidió que nunca más le iba a faltar.

Se levantó, recogió la maleta del suelo y rápidamente metió en ella todo lo que Vilma le había indicado. La cerró y la colocó al lado de la de ella. Después volvió a la cama, se tendió a su lado y la rodeó con sus brazos, haciendo que apoyara la cabeza sobre su hombro y acarició su pelo, hasta que ella dejó de temblar y se quedó dormida. Pedro no durmió. La luna llena iluminaba la cara de Vilma y él la contempló toda la noche, la cabeza bullendo de palabras, de versos, de estrofas, de poemas, de páginas y páginas que iba a llenar durante estos tres días de separación que se habían impuesto.  

Las dos maletas —roja la de ella, negra la de él— permanecieron allí, junto a la pared, como si estuvieran confiándose sus secretos la una a la otra. Toda la noche.




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