CAPÍTULO CUATRO. II. LOS NIÑOS Y SONIA
Sonia es más una amiga que
una canguro. Ella no ha tenido hijos y los niños Répila son su debilidad. Los
ha visto crecer con el mismo asombro que si hubieran sido suyos. Se alegró
enormemente cuando la llamaron para pasar tres días con ellos, en la casa en la
que se ha sentido siempre tan feliz. De hecho, es lo más parecido a un hogar que
ha tenido. Recién llegada a la capital, decidida a emprender una nueva vida
lejos del hombre que la había lastimado —hasta el extremo de jurar que nunca se
casaría—, encontrar a este joven matrimonio con un niño de dos años y una niña
en camino, le pareció el mejor de los presagios.
Los
tres jovencitos, por supuesto, la adoran. Y aunque se consideran demasiado
mayores para necesitar una canguro, el hecho de que Sonia estuviera disponible
esos días compensó su disgusto por lo que ellos creen que es el primer paso
para la separación de sus padres. Pero ambos les han explicado en repetidas
ocasiones que no hay proyecto alguno de separación. Y Sonia también lo entiende
así:
—Vamos,
chicos, no hagáis una tragedia de esto. Sólo
se van por tres días. Se van por separado, sí. ¿Pero qué apostáis a que
vuelven juntitos? ¡Como si no les conociéramos! Tres días de reflexión: no os lo creéis ni vosotros —dijo Sonia,
dirigiéndose a la pareja que espera, cada cual con su maleta, no se sabe muy
bien a qué, junto a la puerta—, en día y medio estáis los dos aquí. Pero a mí,
los tres días me los pagáis igual, no creáis que os los voy a regalar.
—Sonia,
por favor, vigila que estudien.
Tienen exámenes que preparar. De no ser por eso, los hubiera enviado con los
abuelos —dice Pedro, con la más seria de sus expresiones— o a casa de algún
amigo. No son ya niños y deben ser conscientes de sus obligaciones. Tienes mi
teléfono, si hay algún problema no dudes en llamarme, no estaré muy lejos.
El
silencio de Vilma es tan inusual,
tan sólido, que todas las caras se vuelven hacia ella, como animándola a decir
algo. Ella pasea la mirada de sus ojos sin maquillar —en un rostro algo
demacrado por la falta de descanso— por los de sus hijos, su marido y su amiga
Sonia. Los mira atentamente, pero se diría que su mente está en un lugar
distinto de este paisaje habitado que está a punto de dejar. Lo que no podemos
saber, porque sigue con los labios apretados como si no fuera a despegarlos
nunca más, es si esa distancia que expresan sus ojos es meramente espacial o es
en el tiempo: también a ella le deben parecer tres siglos los tres días sin
Pedro y sin los niños que tiene por delante. Entonces, como en un acuerdo que
nadie ha tomado, cada uno se pone en movimiento hacia sus quehaceres, sin
mediar más despedidas. Pedro sale para el instituto arrastrando su maleta y con
la sempiterna cartera rebosante de papeles. Los niños se acomodan en el coche
mientras Vilma coloca su equipaje en el maletero, dispuesta a llevarlos a sus
clases antes de ir a levantar la persiana de su pequeño comercio. Y Sonia
cierra tras ellos con un hondo suspiro y un gesto de preocupación, que mantiene
unos instantes —la espalda contra la puerta— hasta que sacude la cabeza como
para desechar la idea, por lo imposible que se le hace creerla, de que sus
queridos amigos se vayan a separar. ¡Ah,
no, no lo harán! No pueden echar a perder algo tan admirable —a su entender
de pueblerina reconvertida como es, siguiendo su regla de tres compuesta de la
perfección amorosa urbanita—, el más claro ejemplo de lo que es un matrimonio
por amor, en un mundo en el que se ha perdido ya todo el prestigio que le
dieron las novelas de los grandes románticos de siglos pasados, esas que ella
sigue leyendo, como sustitutivo del amor al que renunció al descubrir que el
hombre de su vida amaba a otro hombre. Se fue a la cocina y se preparó un
aromático café ristretto, se sentó en
la mesa junto al ventanal que daba al jardín y sacó de su bolso el ejemplar de Madame Bovary, ajado, casi desencuadernado, para releerlo por
enésima vez.
Un
par de horas después, deja a regañadientes el libro sobre la mesa, abierto boca
abajo para no perder el punto de lectura, y se pone a preparar la masa para
pizza. Es la comida preferida de sus
niños y a ella le encanta preparársela y verles disfrutar comiendo. Cuando la
tiene lista, hace una bola y la cubre con un paño blanco húmedo; mientras surte
efecto la levadura haciendo subir la masa, coloca sobre la mesa el aceite de
oliva, la albahaca y el orégano, prepara la salsa de tomates maduros y pasa la
mozzarella por el rallador que la convierte en gruesos hilos y enciende el
horno para que alcance la temperatura adecuada. Hace cuatro porciones de la
bola de pan y las estira sobre el mármol enharinado hasta darles su forma
redonda y plana. Con un pincel, unta generosamente las cuatro pizzas con el aceite de oliva y cubre tres de ellas con
la salsa de tomate (Marta siempre las tomaba blancas) y después distribuye las lonchas de bacón y de salami,
cebolla y pimiento salteados, una buena capa de mozzarella rallada y,
finalmente, las espolvorea con pimienta, albahaca y orégano. Cuando las
introduce en el horno, mira el reloj y comprueba que los chicos están a punto
de llegar. Prepara la mesa y se dispone a recibirlos con la mejor de sus
sonrisas.
Los
niños Répila van llegando y sentándose a la mesa, cariacontecidos y sin mostrar
el entusiasmo que Sonia había esperado que despertaran sus pizzas. Con un
suspiro de resignación, pero con el firme propósito de conseguir cambiar
aquellas caras mohínas, decide no permitir que aquellos tres días se conviertan
en un suplicio: conseguirá pintar sonrisas en estas tres tristes caritas, de
eso no le cabe ninguna duda:
—Chicos,
chicos ¿a qué vienen esos morritos? Estáis haciendo una tragedia de lo que no
es más que una simple pelea de tontos enamorados. Papá y mamá no van a separarse, podéis estar seguros.
—¿Cómo
lo sabes, Sonia? —la pequeña Marta, con vehemencia y los ojos
arrasados en lágrimas—. Tú no estabas aquí en los últimos tiempos, no has visto
los berrinches casi diarios de mamá, ni la cara de susto que se le ponía a papá
al verla llorar y no saber qué debía hacer para calmarla. Mis hermanos y yo no
habíamos estado callados tanto tiempo como ahora, no nos atrevemos a decir nada
por miedo a que ella interprete que estamos en su contra. Porque no sé si lo
sabes, Sonia, pero mamá cree que hay una
gran conspiración contra ella: que papá se ha puesto de acuerdo con
nosotros para volverla loca, como si ella no lo estuviera ya.
—Marta,
no sigas por ahí. Mamá no está loca, nunca vuelvas a decir semejante burrada —Pablo, el caballero andante de su
querida madre— si no quieres que te abofetee.
Laura,
la mediana, es también la más ecuánime de los tres: no suele tomar partido por
ninguno de sus progenitores, sino hasta saber de parte de cuál de ellos está la
razón. Y en este asunto, su posición es totalmente salomónica, puesto que
distribuye las culpas a partes iguales entre cada uno de ellos, lo que se pone
de manifiesto al mostrarse de acuerdo con lo expresado por Sonia: sus padres no
se van a separar. Sólo están pasando una crisis, de las muchas que pasan los
mayores a lo largo de sus complicadas vidas:
—No
nos caerá esa breva, chicos —dice la
pragmática Laura—, porque estoy segura de que ninguno habéis pensado en las
ventajas de la separación: dos hogares en los que repartirse, regalos por
duplicado y papá y mamá compitiendo para ver quién se gana nuestro
agradecimiento. Lo que deberíais hacer, en vez de perder el tiempo en
lamentaros, es preparar una lista de las cosas que queréis.
Pablo
se vuelve hacia su hermana, lleno de santa indignación; le espeta un eresdespreciablehermanita
y se va con su pizza al reducto prohibido de su habitación. A continuación,
Marta hace lo mismo pero sin pronunciar palabra. Y Sonia se queda a solas con
Laura, sin fuerzas para reprenderla por su actitud. Al fin y al cabo, algo de
razón tiene. Sólo cabe esperar el regreso de la pareja, confiar en que el amor
vencerá una vez más.
CONTINÚA EN CAPÍTULO CUATRO.
III. VILMA VISITA A OTRO DOCTOR


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