CAPÍTULO CUATRO. III. VILMA VISITA A OTRO DOCTOR
Ojea
distraídamente una revista —por supuesto, atrasada— que no despierta en ella el
mínimo interés, mientras en su cabeza las imágenes de la noche anterior lo
llenan todo, no dejan resquicio a la duda que pugna por instalarse en ella:
Pedro amándola como al principio, algo que ella pensaba que ya nunca iba a
suceder. Quiere empujar hacia el fondo de su mente cualquier resto de
desconfianza, desea creer en el amor de Pedro como había creído antes. Lo que el doctor Villalba le diga dentro de
un momento será decisivo. No quiere mirar el reloj; en realidad, teme tanto
como desea escuchar el dictamen del médico.
Por
fin, se abre la puerta de la consulta y la enfermera la invita a pasar. Vilma
taconea con su andar gracioso y se sienta en la silla destinada a las pacientes
con su mareante cruce de piernas, respondido por el rápido pestañeo seguido de
carraspeo nervioso del doctor, ya convertido en costumbre. Ella, sin embargo,
no desvía su mirada de los ojos del hombre, tratando de adivinar qué se esconde
tras la expresión seria del galeno. Pero el forcejeo de miradas dura sólo unos
instantes, roto por la amplia sonrisa de
dientes deslumbradoramente blancos del ginecólogo. Un irrefrenable alivio
recorre el cuerpo de Vilma:
—Sólo
han sido unas comprobaciones rutinarias, mi querida señora. Ya le dije que
había pocas probabilidades de un embarazo, dadas las circunstancias. Claro que
no sería la primera vez que esto sucede: en los últimos momentos del período
fértil de la mujer las variaciones hormonales son tales que el ovocito
fecundado puede encontrar fácil acomodo en unas mucosas inflamadas. Hay que
extremar las precauciones, si no se desea un nuevo vástago. Sé que ustedes
hacen uso de una buena profilaxis y son personas que no descuidan sus deberes.
El resultado del test de embarazo es negativo y el recuento hormonal nos indica
que está usted entrando en
pre-menopausia. Pero no debe usted preocuparse de nada: llevaremos un
control exhaustivo para que la pérdida de hormonas no nos lleve a un estado de
desequilibrio que le pueda resultar molesto. Oh, no, no, no se alarme, mi
querida señora: todo esto es de lo más natural y no tiene porqué producir
ningún tipo de disfunción, ni física ni psicológica. Y si se encontrara usted
en ese mínimo porcentaje de mujeres a las que la menopausia les acarrea
problemas, para eso estamos aquí, con todas las ventajas de la ciencia a
nuestra disposición, para reducirlos prácticamente a cero, le doy mi palabra de
que no sufrirá usted en absoluto.
La
larga perorata del doctor Villalba no contribuyó —ni mucho menos— a
tranquilizar a Vilma, que cada vez encontraba más incómoda la silla, o tal vez
la situación, y se levantó de un brinco, haciendo caer hacia atrás la butaca
con gran estrépito aunque, afortunadamente, sus piernas salieron ilesas del
trance. Apoyó sus dos manos en el borde de la mesa, inclinó el torso hasta situar su cara frente a la del doctor
y le dijo con voz un tanto chillona y descompuesta:
—¿Quiere
usted decir que mi vida sexual ha terminado?
—¡No,
por Dios, querida, no diga usted eso! Por el contrario, lo que ha terminado es
el tiempo en que el temor al embarazo puede restarle frescura, ahora podrán
ustedes desinhibirse totalmente, entregarse sin ninguna cortapisa. Aunque
todavía no, ¿eh? Habrá que pasar controles periódicos hasta que haya
desaparecido la reserva ovárica, antes de permitirnos una falta de prevención
total. Estas mediciones de parámetros bioquímicos y hormonales se realizan a
través de simples análisis de sangre, aunque atenderemos también a los efectos
de estos cambios en órganos como los huesos, las mamas, las articulaciones y el
corazón. También vigilaremos el funcionamiento de la tiroides y evitaremos la
alteración de los ciclos circadianos. Valoraremos el ritmo de cortisol y
evitaremos el descenso de hormonas como la testosterona, para que no tengamos una desagradable disminución del deseo sexual.
Descartaremos riesgos cardiovasculares y de tumores hormono-dependientes… ¿Lo
ve usted, amiga mía? Tendremos toda la información necesaria sobre usted para
mantenerla tan sana y apetente como ahora y disfrutará usted de muchos más años
de buen sexo de los que ha tenido hasta el presente. Nuestro interés se va a
centrar en su bienestar físico, social y psicológico. Su calidad de vida se
convierte, a partir de ahora, en nuestro principal objetivo.
—Todo
eso suena muy bien —dijo Vilma— pero debería usted decírselo a mi marido. Él
cree que no quiero hacer el amor con él, pero yo sólo intentaba no cargarle con
más responsabilidades, en un momento en el que su carrera profesional está en
un punto álgido. Un nuevo hijo hubiera complicado las cosas, para él y para mí,
demasiado mayor para ser mamá de nuevo. Los niños son para madres jóvenes y yo
ya no lo soy, no me veo con fuerzas para ello. Pedro es un gran padre, se hubiera entregado por completo al
cuidado del bebé, como las otras veces. Tendría usted que haber visto la
ternura de este hombre, algo fuera de lo común. Si hubiera un libro de texto
para enseñar a ser padre, debería haberlo escrito él.
—Estoy
seguro de eso. Como lo estoy de que es un marido mucho más atento y cariñoso
que cualquiera de los que han pasado por esta consulta. Tráigale a la próxima
cita, seguro que se alegrará de saber que todo está en orden y de que les
espera una etapa muy gratificante en su vida.
El
doctor Villalba no puede disimular un brillo admirativo en sus ojos al observar
a Vilma, pues ve en ella los rasgos de una mujer que va a saber adaptarse
perfectamente a los cambios que se están produciendo, tanto a nivel físico como
mental, en esta nueva etapa de su vida. Como ginecólogo especializado en los problemas del climaterio, observa también los
cambios sicológicos que afectan a sus pacientes y los pone en valor,
considerados como síntomas que se han de tener en cuenta a la hora de establecer
el tratamiento oportuno. Y no todas manifiestan el mismo grado de comprensión
acerca de la nueva situación a la que se enfrentan. Pasa unas cuantas páginas
de su agenda de citas y escoge una, que consulta con su paciente y, tras
obtener su asentimiento, anota: Vilma López y esposo. Después, apunta
fecha y hora en una tarjeta y se la entrega, tras lo cual se pone en pie y la
acompaña hasta la puerta, donde la despide con un cariñoso apretón de manos,
tal vez un poco más afectuoso de lo necesario, sin dejar de sonreír mientras la
ve alejarse con su juvenil contoneo. La enfermera, que también la ha seguido
con la mirada, deja pasar un interminable minuto antes de anunciarle la
siguiente visita.
CONTINÚA EN CAPÍTULO CUATRO. IV. UNA LECCIÓN DE HISTORIA

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