CAPÍTULO TRES. I. ZAFARRANCHO DE COMBATE
Un
gran reloj de péndulo, evidentemente antiguo, pero restaurado, brillante de
ceras y funcionando con precisión casi suiza —tic, tac, oscilando y marcando
inexorablemente el tiempo—, ocupa casi por completo el paño de pared frente a
la puerta, en el amplio recibidor de los
Répila. En el preciso instante en que Pedro introduce la llave, la gira,
abre y lanza al perchero su borsalino, dejándolo en su lugar de un perfecto
papirotazo que lleva practicando dieciocho años y ya es un movimiento reflejo,
como el de dejar las llaves en la bandeja de cuero rojo que está sobre una
repisa —aunque Vilma no la llama repisa, le da un nombre que él nunca es capaz
de recordar—, a la derecha de la puerta, en ese mismo instante el dichoso reloj emite cuatro campanadas,
cuatro mazazos en la cabeza del pobre Pedro, que aunque vuelve a casa cada día
a la misma hora, no puede evitar nunca el sobresalto, cuatro sobresaltos, en
realidad, acompañados de cuatro incoherentes saltitos que le llevan de un lado
a otro del recibidor, como en una alocada danza centroafricana, con el
resultado, cada día, de cuatro moretones, alternadamente en caderas y rodillas
que se estrellan cada una en una esquina de los muebles y sillas que lo ocupan.
En cada ocasión, Pedro piensa, o dice en voz alta, la misma frase: Tengo que cargarme esos malditos engranajes,
definitivamente. De esta noche no pasa.
Sin
más alteraciones ni percances por hoy, Pedro continúa su ruta hacia el pequeño
despacho para dejar en él la voluminosa cartera, de la que siempre sobresale
algún papel, gritando por el camino:
—¡¡¡Vilmaaaa!!! ¿Dónde
estás, chiquitina?
—Llegas
tarde, cielito —contesta Vilma, saliendo envuelta en una toalla, grande, pero
no lo suficiente como para que Pedro pueda permanecer impasible—, como siempre,
pero esta vez peor, porque están a punto de llegar nuestro loquero y su
muñequita, así que haz el favor de ducharte y ponerte una ropa comme il faut para recibirlos.
Pedro
se acerca a su mujer con un brillo sospechoso en los ojos. Ella, que se ha
sentado al borde de la cama —dejando que la toalla se deslice hasta mezclarse
con las sábanas—, se está dando crema en brazos y piernas con movimientos
expertos y rápidos. Cuando le ve —de reojo— acercarse de puntillas, corta la
iniciativa con un rotundo ¡no, ahora no, ni lo pienses! que deja a Pedro con una clarísima
expresión de cómopuedeshacermeesto,Vilma,
que ella entiende a la perfección, porque le contesta de inmediato, aunque nada
ha dicho él en alta voz:
—Eres
muy inoportuno, Pedrito. Esto ya lo hablamos anoche. Además, sabes muy bien que
sólo ha sido una tregua, pero la guerra continúa.
—¿Guerra?
¿De qué guerra me estás hablando? No
sabía que estuviésemos en guerra —Pedro desolado, indignado, chasqueado—, bastante
guerra tengo yo en el instituto para enseñar a los chavales las ídem púnicas, que no quiero ni pensar
en la noche que me espera corrigiendo ejercicios.
Mientras
habla, avanza taimadamente y se sienta junto a ella, que sigue frotándose con
energía, haciendo que su piel absorba la
crema hidratante. De pronto, Vilma se da cuenta de que son tres las manos
que frotan, mientras Pedro a duras penas consigue, con la mano libre,
desprenderse del incordio de la ropa, susurrando al oído de la ya casi vencida
Vilma: ¿a qué hora dices que llegan los Encinas?
Dos
cuerpos componiendo las figuras del amor, dos cuerpos que se reconocen y se
miden como si fuera la primera vez, aunque se saben de memoria, dos cuerpos que
son uno y son la humanidad entera, dos cuerpos entregados al amor antiguo como
los siglos y cada día renovado. Y sin embargo, dos mentes que trabajan por separado, sumidas cada una en su
distinta visión de un problema, un problema que no es tal, pero que ellos se
empecinan en hacer real, buscando un resquicio por donde introducir las
preguntas que nunca se hacen, las confesiones retardadas, como si quisieran
retrasar también el tiempo que se les va de las manos y al que quisieran
detener para poder seguir unidos para siempre en ese abrazo primordial, en ese
sentir al unísono el temblor de dos pieles adheridas, cada una ocupando los
espacios que el otro cede hasta ser una misma piel y respirar por los mismos
poros. Y mientras, el sexo de uno ocupa
el espacio que el sexo del otro le reserva en su interior para que ambos se
fundan, mientras las manos de uno encuentran y exploran aquella parte del
otro que, aun perteneciéndoles, nunca acaban de conocer, descubriendo con
deleite cada centímetro como si fuera un área aún inexplorada: sus pensamientos
vuelan en direcciones paralelas, ansiosas de encontrarse y, cada vez,
frustradas.
Ella
siente que él está actuando forzadamente, impulsado por el empeño de
complacerla, no puede creer que, voluntariamente, sin premeditación y olvidado
por completo de su visión analítica de las cosas, haya provocado aquella lujuria urgente que hace tantos
años había dejado de producirse. No quiere engañarse: él olvidó ya tiempo atrás
la pasión de los primeros años, ésa que ella no ha dejado nunca de sentir por
él. ¿Qué va a ser de ella, cómo va a poder respirar sin beberse su aliento,
cómo va a latir su corazón, si el de él no le presta el estímulo de sus propios
latidos? ¿Cómo enfrentará la vejez, si él no le ofrece su fuerte hombro para
apoyar su debilidad?
Él
teme que todo acabe antes de tiempo, que ella se muestre sólo complaciente para
evitar el conflicto, que finja pasión en donde no hay más que urgencia por
terminar, por volver a su vida separada de él, por ser ella, una, sola, tan
fuerte, sin esa unión perfecta de la que él no querría salir nunca, pues únicamente
en ese espacio se siente seguro: quisiera
respirar por su boca, ver por sus ojos, sentir el oxígeno en su sangre
impulsado por el corazón de ella. Se siente morir, y no por la pequeña
muerte compartida que ahora llega, como tantas veces, sino por esa muerte en
vida que presiente si le falta el amor que es su alimento. Nada puede desear si
antes no lo ha deseado ella. No hay nada en este mundo que le pueda dar
satisfacción, si antes no ha visto en ella la misma ansiedad que siente él
ahora.
CONTINÚA EN CAPÍTULO TRES. II. CONSULTA A DOMICILIO

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