CAPÍTULO TRES. II. CONSULTA A DOMICILIO

Ha sonado el timbre de la puerta. Vilma cruza el salón atusándose la melena y tratando de contener el temblor de sus piernas, cuestión ésta a la que no ayuda mucho andar sobre un par de tacones altísimos. Con la mejor de sus sonrisas y un amplio gesto de ofrecimiento, invita a pasar al matrimonio Encinas, que ha tenido la delicadeza de llegar con sólo cinco minutos de retraso a la hora fijada para la consulta a domicilio. Tras un instante de duda, decide que, al ser en su casa, aquello es más una visita de cortesía, por lo que estampa sendos besos en las mejillas de los recién llegados y les invita a ocupar uno de los dos amplios sofás chester separados por una gran alfombra sobre la que se asienta una mesa baja, con tapa de cristal que deja ver unos preciosos corales rojos.

—Pedro saldrá en un minuto. Los exámenes lo tienen pilladísimo, he tenido que empujarle a la ducha y prepararle la ropa, como a un niño pequeño. No lo toméis como una descortesía, ya sabéis que la Historia es lo único que lo aparta del mundo.

—¡Epa! Ya estoy aquí, no vayáis a criticarme —dice Pedro, mientras piensa: qué manía tiene Vilma con que me ponga este suéter rojo tan ajustado que me hace parecer un niñato.

—Siéntate, Pedro —le digo yo, con mi autoridad médica—… Y sí, te vamos a criticar, al menos yo. ¿Para qué crees que he venido, para tomar café?

—¡Ups! —Vilma se ha levantado de un salto, sin acordarse de los tacones, lo cual impulsa a Pedro —en movimiento automático que indica larga práctica— a sujetarla por la cintura, para evitar que haga de nuevo el numerito del sofá—. Ahora mismo lo traigo, lo tengo preparado, no tardo nada.

El profesor de Historia se acomoda en el sofá, mirándonos a Carlota y a mí nerviosamente, con una sonrisa un tanto boba que no dudo en interpretar, astutamente, como lo que es: la del que acaba de ser casi pillado en flagrante delito de intimidad con su mujer; cosa que podría considerarse absolutamente normal, si no fuera porque se supone que el matrimonio está pasando por una importante crisis que les ha llevado hasta mi consulta en busca de una solución. Este pensamiento me hace chasquear la lengua en gesto de contrariedad, pues si ellos se han reconciliado voy a perder unos ingresos con los que ya había contado de antemano, llevado por mi afán de procurar a mi esposa un bienestar, casi se diría que un lujo, que el volumen de la cartera de clientes no es capaz de asegurar. Carlota, mientras los dos hombres estamos ensimismados —yo con cara de preocupación y él como teniendo edénicas visiones—, se dedica a mirar a todos lados, apreciando los detalles de buen gusto que hacen del salón un lugar envidiable, al menos para ella, que no disfruta de la situación económica que está convencida de merecer. Pero el instante mágico se quiebra con la entrada de Vilma, cargada con una gran bandeja conteniendo el servicio del café, que deposita sobre la mesa, no sin hacer verdaderos equilibrios para preservar su integridad. ¡Malditos tacones! Una vez sentada junto a Pedro, sirve con experimentada rapidez y precisión las bebidas y, volviéndose hacia mí, me conmina con la mirada a comenzar la sesión.



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