CAPÍTULO TRES. III. PABLO, EL REY DE LA CASA
Apenas
el doctor Encinas ha carraspeado —como acostumbra— para empezar la sesión, un
vendaval procedente de la calle lo pone todo patas arriba: Pablo aparece en escena, al estilo de su madre, como un simún
azotando las arenas del desierto, solo que aquí no hay tal desierto —como se
puede comprobar—, sino una reunión de adultos, dos de ellos unos completos
extraños para el chico, lo que no suele ser habitual en su casa a aquellas
horas tempranas de la tarde. Azorado, detiene su arrolladora marcha a medio
camino del salón y pide unas entrecortadas disculpas. Manuel Encinas no
consigue disimular su expresión de asombro: Pablo tiene las facciones delicadas
de su madre, sus mismos ojos verdes y sus rizos rebeldes y oscuros, pero la
corpulencia de su padre, desmañada y vacilante, un poco inclinada hacia
adelante por efecto del peso de su mochila cargada. Pasado el instante de
sorpresa, los dos progenitores se apresuran hacia él y, mientras
Pedro
le alivia de su carga y la deja sobre una silla, Vilma hace las presentaciones
y, casi sin transición, interroga a su hijo acerca del motivo de su temprano
regreso, se ofrece a prepararle la merienda, le amonesta por el estado en que
dejó su cuarto esa mañana y se interesa por el resultado del examen que ha
tenido hoy. El muchachito lo responde todo por el mismo orden, con una sonrisa
dirigida a los visitantes y un gesto de paciencia hacia sus padres que aclara
al doctor Encinas cuál es el ambiente que se respira allí: Pablito no es, ni más ni menos, que el rey de la casa y sus padres
dos fervientes vasallos que disputan, cada uno a su modo, por el puesto de primer
ministro:
—Buenas
tardes, Pablo —dice Manuel—, encantado de conocerte en persona: tu aspecto no
desmerece nada lo que tus padres me han contado de ti. Veo que vas muy cargado
de libros y eso te honra, si es que sacas de ellos el provecho que me han
dicho.
—Vaya,
seguro que han exagerado, doctor, pero uno hace lo que puede. Mañana tengo un
examen importante, por eso me he saltado la clase de inglés, que lo llevo
sobrado, y me he venido a casa a estudiar. Así que, si me disculpan, les dejo.
Mami —y Vilma le presta toda su atención—, no
permitas que mis hermanas me den la lata. Cuando pongo el cartel de “no
molesten”, eso es exactamente lo que quiero decir: quenomemolesten.
Inclinó
cortésmente la cabeza sin dejar de sonreírnos y desapareció por la puerta del
fondo. Miré a mi esposa, tan alarmantemente silenciosa desde hacía rato,
descubriendo que su boca aparecía tan abierta como sus asombrados ojos. Al
notar las miradas sobre ella, cerró de golpe ojos y boca y suspiró.
—Disculpad
a Carlota. No hemos tenido hijos, por lo que, desgraciadamente, se enamora
siempre de los hijos de los demás. Por cierto, y esto se lo digo extraconsulta, sin coste adicional, no
descubráis de ese modo vuestras cartas con el chico, o le vais a malcriar.
De
regreso a la normalidad, el amigo-siquiatra recuperó el momento del discurso
interrumpido y pasó al ataque:
—He
podido notar, porque sois muy malos simuladores, que ha habido algo así como
una reconciliación. Si estoy en lo cierto, decidlo ahora y esta reunión será
sólo social, aunque me apena perderos tan pronto como clientes.
—Nada
de eso, Manuel. Las cosas están en el
mismo punto que estaban. Anoche hicimos, como tú indicaste, una puesta en
común de recuerdos y de añoranzas, y quedó claro y meridiano que Pedro y yo no recordamos lo mismo y, mucho
menos, añoramos lo mismo. Acabamos discutiendo, como siempre. Es sólo que
Pedro, por alguna razón que no alcanzo a comprender, ha pensado que debía
recuperar su espacio en mi cama y me ha brindado una extraña, por lo
desacostumbrada, sesión de sexo vespertino antes de que llegarais vosotros. La
verdad, no lo esperaba.
—¿Que
no qué? ¿Que no qué? ¡Vamos, Vilma! Si me has recibido desnuda, perfumada, y te
has puesto a darte crema por todas partes delante de mí. ¿Acaso soy de piedra?
¡Demasiado bien sabías lo que estabas provocando! —Pedro ahogándose en su rabia, ante la
incomprensión de Vilma.
—¿Yo?
¿Yo te he provocado? Yo sólo he
salido de la ducha, como siempre, envuelta en una toalla, que no desnuda. Lo
que menos esperaba es un ataque por sorpresa, como de oso hambriento, por lo
demás fingida. No sé con qué intención.
—¡Fingida,
dice! ¿Me crees capaz de tal ficción? Eres tú quien ha fingido que aceptabas
mis caricias, incluso has fingido un
orgasmo que estabas muy lejos de sentir. Esas cosas se notan. Al menos yo
las noto, no creas que me engañas. Hace mucho que lo haces, eso. Tú finges que
me aceptas y yo finjo que no me entero. Perosímeentero.
Que lo sepas.
—De
eso nada, monada. ¿O es que crees que no noto
que estás pensando en otra cosa mientras haces el amor conmigo? Que estásperonoestás. ¡Vamos, hombre!
confiésalo aquí, delante de Manuel y de Carlota, dinos en qué piensas cuando lo
haces, a quién estás haciéndoselo. Venga, dilo de una puñetera vez.
—Vamos
a ver si nos entendemos. Aquí quien hace las preguntas soy yo. Ni siquiera
Carlota. Yo soy el médico, ¿recordáis? —dije en tono autoritario y elevándome
sobre mis talones como queriendo parecer más grande, más amenazador.
—¡Basta,
Manolo! Estoy empezando a hartarme de que me dejes siempre en segundo plano,
como si sólo fuera una parte de tu instrumental de trabajo. Ya no lo aguanto
más. Me haces vestirme de enfermera, me obligas a ponerme tetas, culo,
morritos, todo lo que echas en falta en alguien tan insignificante como yo. Si querías casarte con una Marilyn, haberte
buscado una que ya lo fuera. Pero no, querías a alguien que no te
eclipsara, que aguantara carros y carretas sólo para tu propia satisfacción. Y,
Vilma, debes estar en guardia, si no quieres que te convierta a ti en la
muñequita de Pedro. En su fantasía. Como yo, ni más ni menos.
—¿Cómo?
¿Qué estás diciendo, Carlota? ¿Te has
vuelto loca? —grité, descontrolado.
—¡Lo
que faltaba! Ahora se alían las dos contra nosotros. Ya sabía yo que esto no
iba a dar resultado —Pedro también elevó la voz, cosa que no solía hacer nunca.
CONTINÚA EN CAPÍTULO TRES. IV. CARLOTA NO ERA TAN TONTA
Comentarios