CAPÍTULO TRES. IV. CARLOTA NO ERA TAN TONTA

—Si me tomaste por tonta, Manuel, este es un momento estupendo para sacarte de tu error —Carlota había bajado los decibelios y hablaba ahora con mucha calma— y para que te confiese que me dejé enredar en tus fantasías porque, al principio, me parecieron halagadoras. Me hacía gracia que quisieras transformarme en una mujer hermosa porque pensé que lo hacías por mí, para que yo adquiriera un grado de aceptación similar al tuyo, que siempre te creíste un Joe Dimaggio: yo iba a ser tu Marilyn. Pero no tardé demasiado en darme cuenta de que no buscabas en mí a tu Marilyn, sino que querías transformarme en ella porque yo, mi verdadero yo, no era de tu agrado. ¿Por qué te habías casado conmigo, pensé? Yo no procedía de familia rica, no aportaba dote ni esperaba herencia. ¿Por qué, entonces? Y el tiempo pasado a tu lado en la consulta, viendo el carácter fuerte y decidido de la mayoría de tus pacientes (ninguna de ellas ha estado nunca enferma) me hizo comprender que lo que necesitabas de mí era la sumisión, esa entrega total a ti que yo nunca te he escatimado. El descubrimiento de tu egoísmo no me hizo reaccionar con enfado, sino con determinación: tú habías conseguido de mí cuanto deseabas y yo iba a hacer lo mismo. Te ayudaría a levantar la clínica, sería la enfermera perfecta, atendería a tus pacientes con la mayor corrección y amabilidad, sólo para que tuvieras éxito y nuestra situación mejorara. Si no podía esperar de ti amor, al menos obtendría dinero, comodidad, incluso lujo… Pero, evidentemente, he vuelto a equivocarme.

La perorata de Carlota vino seguida de un angustioso silencio. Pedro y Vilma no sabían cómo manejar aquello, hacia dónde mirar, así que se miraron entre ellos con expresión de qué situación tan incómoda. Por mi parte, tardé bastante más de un minuto en reaccionar y lo hice dejándome caer, sentándome de golpe en el sofá —que, afortunadamente, seguía detrás de mí— y mirando a Carlota con la cara desencajada y los ojos tan abiertos que parecían querer escapar de las órbitas. Y empleé otros dos minutos en tratar de hacer llegar el oxígeno al fondo de mis pulmones y de allí, por sus cauces adecuados, hasta el cerebro, acción esta última destinada a recuperar el sentido del habla, perdido hacía ya bastante rato.

—Querida, nunca dejarás de sorprenderme —pronuncié, al fin, con un hilo de voz— ni de estimular mi deseo de conocer la rara idiosincrasia femenina. Toda mi carrera se ha fundado en el estudio de la mujer, en la interpretación de su química cerebral. Y sí, puede que lo haya hecho a través de ti, que hayas sido mi objeto de estudio, puesto que eras el ejemplar más cercano y más complejo del que disponía. Tú, Carlota, has sido para mí fuente de los mayores placeres a los que un hombre puede aspirar. Te pido perdón por no haber sabido expresarte mis sentimientos, pero me duele que pienses que no los ha habido. Que los hay, aunque los haya descuidado en un exceso de profesionalidad. Siento que no hayas comprendido que tú eres mi bien más preciado, no mi objeto de lujo como piensas, sino aquél en el que se condensan todas mis necesidades y todo el bienestar que quiero en mi vida, que no sería nada sin tu continua presencia. Yo no he buscado en ti una muñeca ideal, sino aquella que creía que tú querías ser, aunque a mí me bastaba tu sencillez y tu dulzura. Y ahora, tantos años después, me dices que he obrado con egoísmo, cuando yo sólo pensaba estar realizando tus sueños. Debiste sincerarte antes conmigo, amor mío: tú te hubieras ahorrado todo ese rencor que ahora me arrojas a la cara y yo la zozobra de pensar que no lograba complacerte hiciera lo que hiciese. ¡Qué pena, Carlota! No has comprendido nada. Pero no puedo reprochártelo, puesto que yo tampoco me di cuenta de lo que nos estaba sucediendo. ¿Qué pensarán estos amigos, a los que estoy ofreciendo el mejor ejemplo de incompetencia?

Pedro se apresuró a desmentirme, asegurándome que aquella era una buena muestra de que bajo la asepsia profesional se ocultaba un ser humano con las mismas inquietudes que uno mismo había ido a consultar, y este hecho —a él, al menos— le procuraba un plus de fiabilidad.

También Vilma se sumó a lo manifestado por Pedro: ¿quién mejor que alguien que ha tenido que lidiar con sus propios problemas va a ayudarte a resolver los tuyos? La experiencia es un grado, desde luego —dijo, poniendo cara de mujer experimentada—, de modo que no te preocupes y sigue con el tratamiento, tal vez consigas solucionar tu caso al tiempo que el nuestro. Al fin y al cabo, son muy similares, Manuel. Recuerda que te lo dije en la consulta: a veces es cuestión de proporciones, de encontrar la receta perfecta, si es que existe tal cosa.

Carlota, que tras su exaltado pronunciamiento respiraba trabajosamente encogida en un sillón, abrazando sus rodillas y balanceándose levemente, lanzó un tremendo suspiro, carraspeó y volvió a tomar la palabra.

—No existe esa fórmula mágica, Vilma. En mi modesta opinión, estamos todos equivocados y acertados a la vez. Tenemos unas pocas seguridades y un montón de dudas. No sé lo que opinará aquí el titulado, pero creo que lo que se impone es un período de reflexión. Es decir, cuatro: uno para cada uno de nosotros. Que cada cual se replantee cuáles son sus prioridades, sus deseos, sus sentimientos. Sus verdaderos sentimientos. Y después, que acepte de buen grado y sin rencores la decisión del otro. Sea la que sea, no dudo que tendrá más sentido que seguir viviendo como hasta ahora, en una batalla continua que, aunque puede que no produzca sangre a primera vista, nos está matando igual que si nos desangrara. ¿Alguna opinión en contra?

Los tres nos apresuramos a negar enérgicamente con la cabeza, pero no pronunciamos una sola palabra en contra de lo manifestado por Carlota. Vilma se levantó rápidamente y dijo que a ella le apetecía mucho otro café y que iba a preparar los que hicieran falta. Carlota se ofreció a ayudarla. Cuando Pedro las vio desaparecer en dirección a la cocina, se volvió hacia Manuel y le dijo:

—Amigo, ¿estás seguro de que el título que cuelga en la pared de tu consulta lleva tu nombre, y no el de Carlota?



Comentarios

Entradas populares de este blog

SUMARIO DE PEDRO Y VILMA

PREÁMBULO (primera parte)

CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS