CAPÍTULO TRES. V. VILMA Y PEDRO HACEN PLANES




Ya no había visitas. El doctor y su enfermera se habían marchado cogidos de la mano y los anfitriones estaban sentados, cada uno en un extremo del sofá, cabizbajos y un poco ensimismados, a ambos lados del silencio sólido y palpable que se había instalado en el espacio central, casi como una tercera persona sentada entre los dos, tan callada como ellos. De pronto, aparecieron las chicas, con sus risas escandalosas, gesticulando y empujándose, como de costumbre…, hasta que vieron a sus padres en tan inusual estado y se quedaron contemplándolos sin atreverse a preguntar.

El asombro de las niñas sacó a Pedro y Vilma del suyo propio: reaccionaron a un tiempo y las mandaron a su habitación, sin olvidar la advertencia de que no molestaran a su hermano, permitiéndoles arramblar con cuantos dulces habían quedado allí, sobre la mesa llena de tazas vacías en las que ambos parecían haber estado leyendo su porvenir en el caprichoso dibujo de los posos. En cuanto estuvieron solos de nuevo se miraron largamente, cada uno buscando en los ojos del otro el permiso para empezar a hablar. Como era de esperar, sus respuestas se atropellaron en el empeño de cederse la palabra, hasta que Vilma decidió que Pedro iniciara la plática, de modo que ella pudiera adaptar su discurso al de él, pues si de algo estaba convencida es de que llevarle la contraria no le iba a reportar ninguna ventaja. A menos que…

—Vamos, Pedro, cielito, dime algo, por favor —le urgió, pero sin dejar el tono cariñoso que empleaba siempre con él, aun en los peores momentos—, que llevamos tanto rato callados que estoy empezando a pensar que Carlota se ha llevado nuestras voces. Bueno, la mía no, porque ya estoy hablando.

—Hemos hablado con las niñas hace un momento, ¿te acuerdas, Vilma?, así que no estamos mudos. Te diré lo que he estado pensando: me alegro de que decidiéramos consultar con Manuel, porque, al menos ellos han tenido más suerte, una pareja ha salido de aquí con visos de recuperación. En nuestro caso, o en mi caso más bien, las dudas no se han despejado, porque yo sigo sin saber a ciencia cierta qué es lo que quieres de mí, en qué te he fallado, qué es lo que no te he dado, cuando creí habértelo dado todo. No lo sé, cariño: te le digo de todo corazón. Y mira que hablas. Sí, sí, no protestes. Hablas y hablas y hablas y consigues marearme, a veces. Pero no puedo entenderte. Nunca te explicas con absoluta claridad, tú sólo insinúas, sugieres, apuntas, señalas… pero no vas al meollo de la cuestión. Tendrías que darme un manual donde encontrar el código secreto que pareces haber inventado para mortificarme.

—¡Oh, no, Pedro! Es decepcionante, de verdad. Que digas que no comprendes lo que te digo: tú, capaz de descifrar las más raras inscripciones en las tumbas más antiguas. Tú, que conoces tantos idiomas que podrías entenderte a la perfección con los mismísimos habitantes de Babel, ahora vas y dices minoentender, ignorando el más sencillo de todos ellos: ni más, ni menos, que el propio idioma del amor, ese que se habla en cualquier lugar del mundo y que no necesita de traductores ni descifradores de códigos. Es así de fácil, cariño. Hemos perdido la perspectiva. Tú te yergues en ese alto ambiente académico en el que se desenvuelve tu vida, al que yo no pertenezco y nunca perteneceré, y desde allí me miras como sospecho que miras a tus alumnos menos listos: eso es lo que soy para ti, alguien que no está a tu nivel. No es que no me entiendas, es que no me prestas atención.

Vilma, que se había puesto en pie mientras hablaba, como para enfatizar más el discurso desde la altura que le proporcionaban los tacones, acabó tan irremediablemente oscilante sobre ellos que Pedro adelantó automáticamente un brazo para tomarla de la cintura y hacerla sentar de nuevo antes de que cayera hacia delante, aunque esta vez más cerca de él, tan cerca que el suave aroma de la crema hidratante que había ayudado a esparcir sobre el cuerpo de ella inundó su pituitaria, produciéndole una automática e irrefrenable erección. Para evitar ser descubierto, el hombre se apresuró a tomarla por la barbilla, forzando un cruce de miradas que —bien lo sabía él— tenía el efecto de hacer naufragar a Vilma en el azul de los ojos de Pedro, incapacitándola para ver nada que estuviera fuera de ese campo visual. Una vez prendida la presa en el anzuelo primario, puso en marcha el secundario empleando el más dulce tono de su voz para susurrarle un tequierotantoamormío y propinarle, ya en tercer lugar, un beso apasionado nivel veinticuatro, o más: 

—Para ya, Pedro —dijo Vilma, a punto de desfallecer tras casi medio minuto sin respirar—, de nada van a servirte tus artimañas. Esto es serio, mucho más serio que tus seminarios de Historia, lo más serio a lo que nos hemos enfrentado nunca. Y está muy claro que mientras estemos juntos no lo vamos a abordar con la urgencia y la atención que requiere. Se impone una separación —provisional, no te amohínes— para que los dos podamos reflexionar sin sentirnos mutuamente acosados. Uno de los dos debe marcharse, durante el tiempo que acordemos, para poner después sobre la mesa las conclusiones a las que hayamos llegado durante la separación. ¿Sabes aquello de los pros y de los contras? Pues eso hemos de hacer: cada uno su propio listado, que luego valoraremos. Creo que será lo mejor, cielito. ¿Te parece bien una semana?

—Tres días. Sólo tres días, porque más tiempo sin ti no seré capaz de vivir. Y me da lo mismo que eso lo pongas en pros o en contras, no me importa si te complace o te aburre que yo no pueda estar lejos de ti. Eso es así y tú lo sabes bien, no admite discusión ninguna. Por cierto, mi vida: ¿quién se va y quién se queda? Porque supongo que ya lo habrás pensado y decidido.

—¡Ah, no, no! No habrá ventajas para ninguno. Será mejor que los dos dejemos nuestra zona de confort, como ahora se dice, para que nada nos distraiga de la obligación de meditar en profundidad. Y no, no tenía nada pensado, se me ha ocurrido ahora, sobre la marcha. Digamos que ha sido una inspiración, o una intuición, llámalo como quieras. Si yo hubiera pensado antes en esto, nos habríamos ahorrado el precio de las consultas. Y, por supuesto, pediremos a Manuel que nos haga un buen descuento, ya que a ellos les ha dado mejor resultado que a nosotros la terapia.

—¿Y qué pasa con nosotros?— La pregunta era de Pablo, pero Laura y Marta también estaban allí, espantadas ante la escena que estaban contemplando.— ¿Habéis pensado en nosotros en algún momento de vuestras elucubraciones?

Todas las miradas se volvieron hacia Pablo, el único que aparentaba enfado en lugar de sorpresa. El hecho de que sus padres se ausentaran de casa en plena época de exámenes, le parecía el colmo de la irresponsabilidad, mientras que a las niñas les parecía tan desusado el asunto como divertida la posibilidad de pasar tres días bajo la blanda tutela de Sonia, su canguro de toda la vida. Ninguno de los tres llegó siquiera a plantearse ni remotamente la posibilidad de separación de sus padres. Sabían muy bien que, como de costumbre, las cosas no iban a pasar a mayores.



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