CAPÍTULO CINCO. I. EN LA ARDIENTE OSCURIDAD
Cuando
Vilma sube esa noche a la habitación, apenas deja las maletas y se abalanza sobre el teléfono para llamar a
casa. Sonia descuelga al primer timbrazo lanzando un desabrido: ¿otra vez?, que la deja —a ella, la que
no calla ni debajo del agua— sin palabras. Ante el silencio del aparato, la
mujer comprende que no se trata de Pedro llamando por enésima vez.
—Dime
Vilma. ¿Estás bien? —le dice, con un tono arrepentido en la voz.
—Sí.
¿Pero a qué ha venido ese grito desaforado? ¿Ocurre algo malo? ¿Les ha pasado
algo a mis hijos? —responde Vilma, con la ansiedad reflejada en su sarta de
preguntas.
—No,
tranquila. No pasa nada. Salvo que Pedro ha llamado, por lo menos, siete veces.
Ni que yo fuera una canguro novata. ¡Pero qué obsesivo es este hombre! ¿Cómo lo
aguantas?
—No
sigas por ahí, Sonia. Es un padre amantísimo y preocupado por su familia, como
debe ser. No puedes achacarle sus excesos sin acusarme a mí de despreocupada,
aunque sea por contraste. Pero sí lo estoy. Quiero únicamente que me digas cómo se lo están tomando los niños,
porque no tengo duda de que tú lo estás haciendo muy bien. Pero dime: ¿cómo has
encontrado a Pedro? ¿Está afectado, nervioso, tenso? ¿Cómo te ha sonado su voz?
—Chica,
no os entiendo: si los dos estáis tan pendientes del sentir del otro ¿por qué
esta inútil separación?
—No,
inútil no es. Cuando estamos juntos dejamos poco margen al pensamiento.
Necesitamos hacer un repaso a lo vivido, a lo obtenido y a lo añorado. Hace
falta encontrarse en soledad para hacer un buen análisis personal de la
situación. Y a eso nos vamos a dedicar estos días. Si todo va bien por casa, no
volveremos a hablar hasta que vuelva. Pero si se presenta algún problema, no
dudes en llamarme: no desconectaré el teléfono, pero no me llames si no es
estrictamente necesario ¿vale? Pero dime: ¿de
verdad te ha preguntado por mí?
—Pues
claro que Pedro ha preguntado por ti. ¿Acaso creías que no lo haría? Venga, no
te preocupes. Aquí todo está en orden. En el relativo orden de una casa con
tres adolescentes y una madurita un poco loca, ya tú sabes, mi amol.
Vilma
deja suavemente el auricular en su horquilla, como si se tratara de un zapatito
de cristal y pudiera fracturarse en mil pedazos ante cualquier violencia: con
la misma suave dejadez se recuesta en la gran cama, los ojos nublados de
cansancio, pero negándoles el sueño necesario, en favor de la noche propicia a
la meditación. Durante unos minutos, la
imagen de Pedro se hace enorme en su cabeza, la inunda y la colma con la
dulzura de su mirada, con esa expresión entre dubitativa y asustada que —en
estos momentos en que la vida no discurre como él había dado por supuesto— se
impone a la habitual, de picardía y confianza en sí mismo. A ella, de
naturaleza insegura, siempre la desconciertan las dudas de quien ha sido en
todo momento el apoyo necesario para auparse y salir con bien de cualquier
situación.
Nota
la pesadez en los párpados que anuncia que el sueño va a ganarla y se levanta.
Entra en el baño y deja correr el agua mientras de desnuda: el espejo le
muestra un cuerpo todavía no vencido, aunque los años y las hormonas se empeñen
en lo contrario. Sus pechos apenas descienden cuando se quita el sujetador.
Piensa en Pedro y en lo mucho que a él le gusta acariciarlos y jugar con ellos
como un niño sorbiendo su alimento. Cierra los ojos. Está excitada y no puede
evitar hacer el recorrido que harían las manos de él, se detiene en los mismos
puntos que él adora estimular y casi puede ver sus ojos brillando de emoción
entre la bruma del agua caliente, su boca que deja por un momento el pecho que
succiona para decir, con su voz sin vacilaciones: todoestoesmío; así, con
la confianza que otorga saberse dueño del cuerpo que contempla. Casi puede
sentir contra su vientre la virilidad orgullosa de su marido… Sofocada, reduce
el termostato casi a frío, se coloca bajo el chorro y deja que el agua
disminuya un tanto el ardor que la consume. Refrescado el cuerpo, pero con la
mente pidiendo a gritos la caricia imaginada, se envuelve en la bata blanca y
arrolla sobre su pelo una toalla también inmaculada. El suave rizo de algodón
contiene un tanto el estremecimiento de su piel. Reconfortada, sale al balcón y
contempla el brillo de la luna y observa que sus manchas oscuras componen un
rostro sonriente, en cuya mirada comprensiva ella cree ver un guiño de
complicidad. Así permanece, absorta, hasta que un ligero clic seguido por una
llama oscilante le llega desde un balcón vecino, dos pisos más abajo y a la
derecha. Asustada por el sonido imprevisto, de sus manos resbala un clínex con
el que enjugaba sus lágrimas, emprendiendo una caída lenta y oscilante que
llama la atención del vecino que prendía el cigarrillo y que ha vuelto la
cabeza en su dirección: Vilma retrocede con rapidez, porque ha reconocido al
fumador nocturno, sin saber si él ha podido verla a ella. Es Pedro. A ninguno de los dos se le ocurrió decir en qué hotel
habían reservado habitación. Con el corazón desbocado, se acerca al borde del
balcón y echa un ligero vistazo, a tiempo de ver cómo él baja la mirada de
nuevo hacia la punta brillante del cigarrillo y se lo lleva de nuevo a los
labios para lanzar después una bocanada de humo que se pierde entre las
sombras. ¿La habrá visto? Quiere suponer que no, porque a buen seguro la habría
llamado. Deja la bata sobre un sillón y se mete, desnuda, entre las frescas
sábanas. Pero el bombear de su corazón le indica que no va a ser una noche fácil.
CONTINÚA EN CAPÍTULO CINCO. II. ¡VILMA, ÁBREME LA PUERTA!

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