CAPÍTULO CINCO. II. ¡VILMA, ÁBREME LA PUERTA!

Pedro mira la punta incandescente del cigarrillo sin poder dar crédito a lo que le está sucediendo. No sólo ha vuelto a fumar, después de tantos años de haberlo dejado, sino que está empezando a sufrir alucinaciones. ¿Pues no le ha parecido ver el rostro amado de Vilma, dos balcones arriba y a la izquierda del suyo? Vuelve a mirar en esa dirección y sorprende apenas un movimiento de retroceso de la mujer que ha entrevisto. Realmente era una mujer envuelta en una bata blanca y con una toalla arrollada a la cabeza, como recién salida del baño. Vilma acostumbra a hacerlo, lo de envolverse el pelo en la toalla antes de secárselo. Una extraña desazón se instala en su interior: a estas horas de la noche debería estar en su cama, pegado al cuerpo de su mujer, única forma en la que puede conciliar el sueño. De hecho, cuando ella no le acompaña en sus viajes él no consigue dormir una noche entera. Esta noche no va a ser diferente, tampoco dormirá. Y la sospecha de que pueda ser ella la aparición del balcón no va a hacer más que complicar las cosas. El cigarrillo se ha consumido sin que se diera cuenta, hasta que se ha quemado los dedos y arroja el filtro en un espasmo exagerado de dolor. Entra en la habitación y se queda contemplando aquella cama en la que podría perderse en un sueño reparador, sólo en el caso de que ella estuviera allí, sus curvas voluptuosas ocupando casi todo el espacio con su postura despreocupada y su rostro que sonríe hasta en sueños. Él se acostaría despacio a su lado y buscaría su hueco acogedor, el pecho pegado a su espalda y las piernas dobladas en el mismo ángulo que las de ella. Y así, la noche sería la culminación de todas sus ansias. Pero ella no está, sólo la imagina: cualquier detalle que se la recuerda pone en marcha toda su fantasía, toda su capacidad de amar.

Y, sin embargo, aquí está él, sólo en una habitación de hotel para meditar sobre lo que le ha sucedido a su matrimonio. Por más vueltas que le dé, no encuentra nada en su conducta que haya podido hacer a Vilma dudar de su amor. ¿Por qué demonios piensa ella que ya no la quiere como el primer día? Jamás ha tenido el más mínimo devaneo con ninguna mujer, ni siquiera de pensamiento. Ninguna ha visto en toda su vida que pudiera, ni remotamente, despertar en él la lujuria que Vilma le hace sentir. Habrá, sin duda, mujeres más hermosas; pero él está ciego y sordo y mudo para cualquiera de ellas. ¿Realmente tiene que demostrar esto ahora, después de tantos años? Algo le está sucediendo a su esposa, hay algo en el fondo de todo esto que constituye un misterio para él, tan irresoluble por el momento que su desconcierto crece a la misma velocidad que sus pensamientos, que aquí y ahora le desbordan y le están empezando a producir un dolor de cabeza que…

En este punto, se interrumpen los razonamientos de Pedro con un fogonazo en el que la imagen entrevista en el balcón adquiere la cualidad de certeza: ¡era Vilma! ¡La mujer que vio por un breve instante era Vilma! Tan convencido está que comienza a hacer cálculos para dar con el número de la habitación donde ella está —ahora lo sabe— alojada. Sólo tiene que subir dos pisos y comprobar que las habitaciones están distribuidas con la misma uniformidad que en el suyo y llamar a la puerta que se encuentre a la izquierda (¿o es a la derecha?) de la que se corresponde con la suya y ¡voilà! allí encontrará el remedio para todos los males que le acechan esta noche, su reina le abrirá la puerta y así podrán reflexionar los dos juntos. ¿Por qué demonios han debido gastar dinero en dos habitaciones, cuando pueden pensar los dos juntos? Además, Vilma es mucho más lista que él para estas cosas, seguro que ya ha encontrado —ella solita— la solución a todo este embrollo.

Todavía anudándose la bata, ya está subiendo los peldaños de la escalera de tres en tres, animado por la idea de encontrarse en un momento en brazos de su amada. Tras un rápido vistazo al pasillo del piso quinto, y hechas las comprobaciones espaciales, llama con los nudillos a la puerta que adivina es la que busca, aunque resulta más fuerte el sonido de su corazón golpeándole el pecho que la propia llamada. Pasados unos segundos sin recibir respuesta, vuelve a golpear —esta vez más fuerte, con más urgencia— la maldita puerta que no se abre. Poniendo el oído en ella, le parece percibir una respiración indicadora de que alguien escucha al otro lado. Aguarda unos instantes, pero nada ocurre. Con un hilo de voz, los labios sobre la mirilla, envía su súplica: ¡Vilma, abre, soy yo, Pedro, tu Pedro! Y nada. Desesperado, golpea la puerta con ambos puños y grita: ¡VILMA, ÁBREME LA PUERTA!, al tiempo que un huésped noctámbulo que venía por el pasillo caminando con poca solvencia detiene sus irregulares pasos y se queda mirándole con la boca abierta por el asombro. El merodeador y el cliente perjudicado se miran de hito en hito, hasta que la varias veces golpeada puerta se abre y por el hueco —escaso— un torneado brazo tira de Pedro y lo hace desaparecer en el interior, cerrándose a continuación de golpe. El pobre beodo se frota los ojos, se estremece un tanto, pero al fin continúa pasillo adentro con su tambaleante paso. Al llegar ante la habitación del misterio, se detiene un momento y presta atención. Nada se oye. Maldice la ginebra de garrafón y continúa a la búsqueda de su destino.


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