CAPÍTULO CINCO. III. DESPERTAR EN UN BELLO SUEÑO
Una
rendija en la cortina que cubre la puerta del balcón —que da a una calle
ruidosa y muy transitada, a pesar de ser sábado— envía un puñetero rayo de sol
directamente sobre los ojos de Pedro. Hace un rato que lo está notando, pero la
profundidad de su sueño le ha evitado abrirlos. Hasta ahora, que abre uno muy
despacio —como si sus pestañas estuvieran enredadas— y lo vuelve a cerrar, con
un quejido. Entonces nota el rebullir de
Vilma en la cama y su mente se queda atascada entre dos posibles
realidades: ¿están en casa? ¿No estaban en un hotel, posiblemente en dos? No,
ésta no es su casa, allí la luz del día no llega directamente a sus ojos, sino
que se refleja en el espejo del tocador de Vilma, colocado frente a la ventana,
la cama desplazada hacia el rincón, precisamente para evitar estos despertares
inoportunos. Para no seguir elucubrando, se incorpora ligeramente y echa un
vistazo alrededor. Definitivamente, es una habitación de hotel y Vilma duerme
plácidamente a su lado, la cabeza vuelta hacia la pared, razón por la que a
ella no le ha molestado la luz cruda del sol. Levanta con cuidado la sábana y
se recrea en la visión de aquel cuerpo relajado y tranquilo, el que contiene
todo lo que él desea en el mundo, y una sensación de poderío le inunda hasta el
extremo de que su sexo se alza con viveza. Si esto no es la felicidad, no sé
qué otra cosa podría serlo —piensa. Siente el impulso de rozar las preciosas
nalgas de ella con su falo erecto y lo hace, primero con un suave tanteo y
aumentando poco a poco la presión, lo que provoca la reacción habitual de
Vilma: sin volverse, lleva su mano hacia el intruso y lo agarra a traición, al
tiempo que pronuncia las palabras mágicas: ¡te
pillé! Y es como un ábrete, sésamo:
ella se vuelve hacia él sonriendo y ofreciendo a su Alí Babá todos los tesoros de su cueva. Pedro toma posesión y ella
le hace cautivo entre las rejas de sus piernas, mientras él bendice
entrecortadamente todo aquello que encuentra digno de su bendición: Vilma
entera, Vilma verdadera, Vilma adorable,
Vilma potente, Vilma satisfactoria, Vilma enervante, Vilma, al fin, desbordante
y desbordada.
—Buenos
días, mi amor —se oye la voz dulce de Vilma— ¿has dormido bien? Yo he tenido
unos sueños muy extraños: estábamos en un hotel, en habitaciones separadas y
entonces tú llamabas a mi puerta y… —aquí se detiene, con gesto de alarma,
mirando a su alrededor y percatándose, por fin, de dónde se encuentra— ¡no era
un sueño, Pedro, estamos en un hotel! ¿Pero
cómo es que estamos juntos, si se suponía que no teníamos que vernos en tres
días?
—A
ver, cariño, despierta de una vez. Ni tú ni yo bebimos nada anoche —aunque sí
había un borracho en el pasillo, creo recordar—, así que no puede ser que
tengamos resaca. Al menos no esa clase
de resaca, ¡juasssss!, porque anoche tuvimos una borrachera de sexo como hacía ya mucho tiempo que no teníamos.
Ya está todo arreglado ¿ves? Tal vez sólo necesitábamos un cambio de
habitación. Mañana mismo nos cambiamos a la de las niñas.
—Pedro,
si no vas a tomarte esto en serio vamos a acabar mal. ¿Qué tonterías estás
diciendo? ¿Crees que con cambiar de habitación todo estará solucionado? Y
tampoco vayas a decirme que nos hemos de venir a vivir a este hotel, que ya te
veo venir. Esto no ha sido más que una
tregua, de la que no debemos informar a Manuel, que ya sabes que se deprime
si cree que nos va a perder como clientes.
—Vale,
tienes razón, me he pasado un poco. ¡Pero es que ha sido tan bonito! ¿O no lo
crees tú así?
—Claro,
cielo, ha sido precioso. Casi como un sueño. ¿Pero qué hemos demostrado con
eso? Que nos queremos: ahí lo tienes, lo nuestro se muere de amor.
—Minoentender.
Explícate: ¿cómo un amor se puede morir de amor? Lo mío es la Historia, no la
Metafísica.
—Pues
es tan sencillo que hasta un niño pequeño lo entendería. Punto uno: acabas de
decirme que lotuyoeslaHistoria. Amas
la Historia como a la mayor de tus posesiones. Lo que nos deja, a mí y a los
niños, en segunda posición. Y punto dos: nos amamos tanto que hemos dejado de
poner interés en la conquista. Y sin ese afán todo se convierte en algo que se
da por hecho, que no vale la pena hacer el más mínimo esfuerzo por retener. Yo
no quiero conformarme con lo que tengo, quiero seguir luchando por tener más.
Nada material, que eso no tiene importancia. Quiero que me conquistes cada día,
de la misma forma que yo trato de seguir siendo joven y hermosa para ti, sin
escatimar esfuerzos. Que cada día sea como el primero, o como esta noche, en la
que nos hemos entregado a impulsos del temor a perdernos. ¿De verdad no lo
entiendes, cariño?
—Visto
así… tal vez tengas razón. ¿Pero por qué ahora? Llevamos veinte años casados.
Algo más ha tenido que suceder para que te hayas puesto a pensar, de repente,
que hemos perdido el interés. Dime la verdad, Vilma: ¿qué ha cambiado?
Vilma
se levanta y busca su bolso. Extrae de él unos papeles y se los entrega a su
marido, que —intrigado— comienza a leerlos con avidez. Empezando por el
membrete, en el que se dice: Emiliano Villalba, doctor en Ginecología,
Especialidad en climaterio. Pedro levanta la mirada con gesto espantado
y preguntó:
—¿Estás
enferma, cielo? —ante la mirada imperativa de ella, continúa leyendo, cada vez
con más asombro en su expresión y dirigiéndole miradas asustadas de tanto en
tanto. Ya en la última página del informe se le fue dulcificando la mirada y,
por fin, dobla el fajo de papeles y se los devuelve, con una media sonrisa:— Pero
no pasa nada, cariño. Todo está normal, dentro de un orden. No vamos a tener un
niño, temor que tú no me habías contado, y los cambios hormonales que te están
afectando son perfectamente normales. Y ya has visto lo que dice en la última
página: dentro de un tiempo habrá desaparecido cualquier miedo al embarazo por
sorpresa y tus necesidades sexuales volverán a ser las de siempre, sobre todo
si tenemos la precaución de tratarlas y estimularlas, cosa que por mi parte no
te va a faltar. Veo que estás en manos de un buen profesional y eso ya es un
punto a nuestro favor. ¡Esto es fantástico, amor mío! Será nuestra segunda
juventud.
—Estoy
pensando que… tal vez ellos…
—No
me digas más. Piensas en Carlota y
Manuel. Tienen edades similares a las nuestras. Pero lo mismo no han
pensado en que su problema puede ser fisiológico y no sicológico. Habrá que
decírselo.
CONTINÚA EN CAPÍTULO CINCO. IV. CONVERSACIÓN EN LA COCINA

Comentarios