CAPÍTULO CINCO. IV. CONVERSACIÓN EN LA COCINA
Laura
mordisquea pensativa un trozo de su pizza bajo la mirada inquisitiva de Sonia.
Cuando se percata de la observación a la que está siendo sometida, deja en el
plato la porción a medio consumir y hace ademán de levantarse, un movimiento que
la mano de Sonia sobre su brazo interrumpe.
—No
te vayas tú también, Laura: no me gusta comer sola. Además, necesito alguien
con quien hablar sobre todo este embrollo. ¿Qué te hace a ti estar tan segura
de que no se van a separar?
—Oh,
vaya, otra que tal. ¿No te das cuenta de
que estos tortolitos sólo buscan pelea para después poder reconciliarse?
¿Soy yo la única que no está ciega en esta casa? Papá y mamá han jugado a eso
todo el tiempo, son como el ratón y el gato: disfrutan tanto de las carreritas
que ninguno quiere acabar con ellas. Sí, puede que ahora se haya complicado un
poco el asunto, pero creo que eso se debe a que mamá está en esa edad en la que se tienen problemas
hormonales y todo ese rollo. Y papá es un alma cándida, hará cualquier cosa que
sea necesaria para que mamá no le deje, porque no sabría vivir sin ella.
—¡Caramba,
chica! Cuánto sabes. Puede que estés en lo cierto. Pero el caso es que urge una
solución que ponga fin a este sinsentido que estamos presenciando. Y no es que
yo me queje, que a mí me viene muy bien la pasta que voy a cobrar, pero me
gustaba más ganarla cuando erais chiquilines, os cambiaba los pañales y os
limpiaba los mocos —gesto divertido de Sonia y asqueado de Laura—. Me gustaría
no tener que volver hasta que tengáis vuestros propios niños, para cuidar de otra generación de Répilas. Y
para eso aún faltan algunos años.
—No
creas que tantos. ¿No sabes que Pablo anda ennoviado? —dice Laura, con gesto
displicente.
—¿Qué
me dices? ¿El matalascallando ya
flirtea? —asombro total de Sonia.
—Pues
sí. El tío anda tonteando con una repetidora dos años mayor que él. A papá no
va a hacerle ninguna gracia cuando se entere. Ya sabes lo exigente que es con
los estudios.
—¿Y
crees que a tu madre sí? Ya oigo a Vilma diciendo: ¿qué se habrá creído esa lagarta,
persiguiendo a mi Pablito?
—¡Ah,
no, ni hablar! Ella no le persigue: se deja perseguir por él, que la mira con
la misma cara de lechuguino con la que mi padre mira a mi madre. Debe ser cosa
de los genes. De los genes masculinos, porque lo que es yo, no soporto a los
babosos.
—¿Estás
llamando babosos a tu padre y a tu hermano? Cuida que no te oiga Pablo, porque
la liamos parda —a Sonia nunca le han gustado las discusiones entre los chicos,
no sabe de parte de quién ponerse—, y ya bastantes conflictos tenemos como para
andar buscando más. ¡Mira que eres rara, niña! No sé a quién habrás salido tú,
tan desdeñosa…
Suspira
Sonia y queda pensativa, rememorando los días en que los tres niños jugaban
siempre juntos. Aunque, pensándolo bien, ya se apuntaban sus diferencias: Laura
no aceptaba que Marta la derrotara en nada, lo que sucedía a menudo, pues
aunque era la menor, su inteligencia no lo era. Y Pablo, siempre ecuánime,
debía dirimir de qué lado estaba la razón, procurando que no se notara
demasiado su predilección por la pequeña. Nunca habían tenido otros compañeros
de juegos, porque Vilma no consentía en que acudieran a la casa otros niños que
pudieran mermar la atención de la niñera por sus hijos.
Resultaba
asombrosa la mezcla que la genética había hecho con los tres hermanos: rasgos
físicos y características intelectuales de un progenitor y otro, acompañados por
otros propios, que hacían de cada uno de ellos seres únicos y distintos, más allá
de lo que los padres pueden influir educacionalmente en ese todo, creado y desarrollado en libertad.
Buenos
chicos estos, se dijo Sonia.
CONTINÚA EN CAPÍTULO CINCO. V. LOS QUE REGRESAN

Comentarios