CAPÍTULO CINCO. V. LOS QUE REGRESAN

A Pedro le gusta conducir. Sobre todo cuando está contento. Y es evidente que ahora lo está, porque canturrea con su voz de falsete más chillona, para disgusto de Vilma: no entiende porqué canta con esa voz chirriante, si cuando habla —sobre todo si lo hace en público— tiene una voz agradable y perfectamente modulada.

—¡Deja ya de cantar, Pedro, que vas a desatar una tormenta con esos gritos aullantes! Debes reservar tu voz, porque hoy va a ser un día de mucho hablar, de explicaciones claras y precisas. Te estás destrozando la garganta y con ello me dejas a mí la responsabilidad de darlas sola.

—¿Por qué tú nunca cantas, Vilma?, pregunta Pedro con franca extrañeza.

—Por respeto a los posibles oyentes. Dispongo de una buena voz, pero no tengo oído musical, ni sentido del ritmo. Al contrario que tú —se ríe Vilma—, no disfruto martirizando a los demás. Así que cállate, que ya estamos llegando a casa, y ya sabes que los niños no soportan tus berridos.

Sonia aparece en la puerta, apenas escucha el crepitar de las ruedas del coche sobre la grava del camino. El silencio —no se escuchan discusiones ni griterío— indica a los recién llegados que sus hijos no están en casa. Mientras sacan del maletero sus equipajes, la canguro entra de nuevo en la casa y se dirige al mueble-bar para preparar unas copas de bienvenida. Una sonrisa torcida en su cara viene a confirmarles lo que ya sabían: su amiga estaba segura de su anticipado regreso. Día y medio, tal como pronosticó, había sido el máximo de tiempo soportado por la pareja de permanencia fuera del hogar. Porque ya le había quedado claro que ellos ni siquiera habían pasado la noche separados. —¡Ay, el amor!—, se dijo Sonia para sus adentros. Y para sus afueras, señaló:

—Ha llamado el doctor Encinas, preguntando si estabais cumpliendo el programa establecido. Hará una media hora de eso. No tardará en volver a llamar, porque le dije que estaríais aquí en no mucho más tiempo que ése. Quiso saber si me habíais anunciado vuestra llegada y yo le contesté que era pura intuición, que son muchos años de conocernos.
 
Muy lista, Sonia. Y, puesto que lo sabes todo, no nos sometas ahora a ningún interrogatorio —le espetó Pedro, tomando la copa que le ofrecía. Vilma y él se miraban de reojo, tratando de poner cara de póker, aunque no lo conseguían: a los dos se les escapaba la sonrisa por debajo de la expresión seria que intentaban adoptar.      

—¿Dónde están los niños? Esperaba encontrarlos aquí a los tres. —Vilma había mirado en las habitaciones, descubriendo su ausencia.

Les he mandado con los abuelos. Suponía que querríais tener una larga charla con vuestro siquiatra y con su sorprendente esposa. Apuesto a que ni se molestan en volver a llamar… ¡Voilà! Suena el timbre de la puerta: son ellos, sin duda. Tampoco parece que hayan cumplido con la penitencia impuesta. ¿Les digo que no estáis en casa? ¿O les sirvo unas copas para brindar por el éxito de la consulta?

—Abre de una vez, Sonia, no seas pesada. Vilma se deja caer en el sofá y lanza los zapatos de tacón al aire. Pedro los recoge de los dos puntos dispares donde han caído y los pone junto a los pies de su esposa. Se sienta junto a ella y los toma entre sus manos para masajearlos, acto que arranca de Vilma una sonrisa y un hondo suspiro de satisfacción.

—¡Hola, mis queridos clientes-amigos! ¡No os lo vais a creer! —Manuel Encinas parece haber rejuvenecido desde que salió de la casa hace dos días, mientras que a la pizpireta enfermera a lo Marilyn se la ve seria, sin maquillaje, vestida con descuidada sencillez. Lleva zapatos planos y no mueve su culito al caminar. Se diría que es, por fin, Carlota, la auténtica Carlota, quien hace su aparición, un paso por detrás de su eufórico marido. En silencio, cruza la sala y se sienta en el otro chester, frente al que ocuparon Vilma y Pedro hace unos instantes, con la espalda recta y las rodillas juntas, expresión ausente pero con un brillo delator en sus ojos. Feliz de interpretar su propio papel. Manuel se sienta junto a ella y hace intención de tomar sus pies, seguramente con la intención de masajearlos como Pedro hace con los de Vilma. Pero ella le rechaza con suavidad:

—No es necesario, querido —le dice con un hilo de voz.

El siquiatra carraspea ostensiblemente, tratando de cubrir ese momento incómodo, dispuesto a tomar la palabra con la autoridad que su profesión le otorga.


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