CAPÍTULO CINCO. VI. LOS QUE NUNCA SE FUERON

—Esta prueba ha sido muy dura para nosotros. Nos hemos dicho cosas que nunca habíamos pensado decir. Carlota y yo hemos abierto nuestros corazones y nuestras mentes y comprobado que vivíamos un engaño mutuo que no hubiera tenido lugar si nos hubiéramos desnudado, en el mejor sentido de la palabra, mucho antes. Esto dice poco en favor de mi profesionalidad. Y espero de vosotros toda la comprensión y el buen hacer de dos personas (tres, si contamos a Sonia) en cuanto a la confidencialidad de todo lo sucedido estos días. He aprendido mucho de vosotros, todos mis clientes, en realidad, me han aportado siempre algo: en vuestro caso, mucho, y me habéis proporcionado un punto de vista más humano a la hora de juzgar a quienes llegan a mi consulta como pacientes. Y, ni qué decir tiene, que no os pasaré minuta alguna de estas sesiones: en todo caso, deberíais cobrarme a mí.

—Deja ya de decir tonterías—. Carlota ha disparado sus palabras con una energía sorprendente, de modo que todos se han vuelto a mirarla en silencio. Al apercibirse de ello, se sonroja y pide disculpas. Realmente, se aprecia a simple vista que las cosas han cambiado en la pareja: ella es quien lleva ahora la voz cantante, a pesar de tantos años de silencio y subordinación.

—¡Bueno, bueno, no te enfades, querida! Explícales tú lo que hemos decidido estos días. Seguro que lo haces mucho mejor que yo —Manuel toma las manos de Carlota y fija toda su atención en ella, que no se hace de rogar:

—Ya imaginaba yo que no iríais muy lejos ni por demasiado tiempo. Tampoco penséis que nosotros lo hemos hecho. En realidad, no nos hemos ido a ninguna parte. Tomar habitación en un hotel, dos, teniendo en cuenta que la reflexión había de hacerse por separado, hubiera sido para nosotros un dispendio que no nos podemos permitir. Máxime después de haber perdido unos buenos clientes.

—No se hable más, Carlota: pagaremos el precio estipulado por las visitas— se apresuró a decir Pedro, con voz un tanto engolada.

—¡De eso nada! —Carlota no se iba a amilanar—. Ya lo hemos acordado así, y el tema no admite discusión. No habrá minuta. Eso sí, hoy nos vais a invitar a cenar: vosotros elegís el restaurante. Dicho esto, tengo que comunicaros que voy a obtener el título de enfermera, que dejé en suspenso cuando Manuel montó la consulta para poder ayudarle a tiempo completo. Y, una vez en mi poder, voy a trabajar para otro doctor que me pueda pagar un sueldo con el que contribuir a los gastos de la casa y de la clínica. En realidad, él no necesita una ayudante: él mismo puede llevar su agenda y salir a recibir a las visitas, sin que por ello vea mermado su estatus profesional. ¿Qué os parece, chicos?

—¡Genial!, aplaudió Vilma. Pedro no aplaudió, pero mostró su conformidad con una media sonrisa.

—Pues bien, vayámonos a cenar y mientras tanto, nos contáis todas las diabluras que —estoy segura— habéis hecho estos dos días.

Sonia les ve partir con un sentimiento que podría ser envidia, si ella no estuviera segura de que su situación de single es la mejor opción para ella. Pero… es tan bonito ver a dos parejas enamoradas, charlando y riendo, disfrutando de la noche primaveral… Con un hondo suspiro, dirige su mirada hacia la luna llena que alumbra el jardín. Tal vez —se dice— ella ha tenido algo que ver en la resolución de los problemas de sus amigos. Antes de entrar de nuevo en la casa, le ha parecido notar que le guiñaba un ojo. Si es que tiene ojos la luna.



FINALIZA EN EPÍLOGO

Comentarios

Entradas populares de este blog

SUMARIO DE PEDRO Y VILMA

PREÁMBULO (primera parte)

CAPÍTULO UNO. I. EL DOCTOR ENCINAS