CAPÍTULO CUATRO. IV. UNA LECCIÓN DE HISTORIA

Cuando Pedro entra en la clase con paso rápido y mirada ausente, las voces callan y los ojos se centran en él con curiosidad. Revuelve en su atestada cartera y saca de ella un abultado fajo de folios que deposita sobre la mesa y ajusta de modo maquinal sus bordes, distraído en quién sabe qué pensamientos. Por fin, levanta la vista de los papeles y mira a los expectantes alumnos como si los viera por primera vez. Los alumnos le miran a él y a la maleta que ha dejado apoyada sobre el lateral de la mesa. Carraspea, da los buenos días y comienza a repartir los exámenes corregidos, haciéndole a cada uno un comentario sobre los resultados obtenidos.

No se oye ni el vuelo de una mosca durante los minutos en los que el silencio de Pedro se hace espeso y las caras de chicas y chicos permanecen expectantes. Nunca han visto a su profesor de Historia tan pensativo, tan ausente. Hasta que, por fin, sacude la cabeza como para apartar de sí la tela de araña que atenaza su cerebro como si sus hilos fueran de duro metal. Sólo entonces rompe a hablar, explicando la lección que ayer interrumpió el timbre del fin de la clase, produciendo un murmullo de páginas de libros pasadas apresuradamente y suspiros mal contenidos entre la asombrada concurrencia:

—Como os decía ayer, la casa regia francesa y la de los Austrias —ninguna española, por cierto— pusieron fin al poderío territorial, ya decreciente o casi extinguido, de la Monarquía Hispánica, asegurando el trono a Felipe de Anjou, nieto del rey francés Luis XIV, quien como Felipe V inicia una nueva forma de gobierno, aquella en la que el rey gobernaba con los ministros en todos sus reinos. Lo que ya se conocía como España contenía estados dentro del Estado, idea incompatible con la de monarquía absoluta que tenían los Borbones reinantes a ambos lados de los Pirineos…

Durante la media hora siguiente, Pedro continúa su diserto, al que sólo un par de alumnos plantearon cuestiones que él les fue aclarando con solvencia, sin necesidad de meditar las respuestas, puesto que se trataba de un periodo que dominaba por ser uno de sus preferidos. El resto de los estudiantes tomaba apuntes —la mayoría en sus tablets— o prestaba atención, mostrando su interés en el tema. Las clases de Pedro les atraían especialmente, por la forma entusiasta en la que les transmitía sus conocimientos, aunque hoy parecía estar un poco perdido en pensamientos que nada tenían que ver con monarquías ni con absolutismos de ningún tipo. Ni siquiera con el Siglo de las Luces, pues en sus ojos merodeaba una sombra que ellos no sabían bien a qué achacar.

Salvado por la campana —es decir, por el timbre que anunciaba el fin de la clase—, Pedro hizo a sus alumnos unas últimas recomendaciones de lecturas que les iban a resultar esclarecedoras y, recogiendo sus cosas de la mesa, tiró de la maleta y salió de la clase a grandes zancadas para dirigirse a la sala de profesores, donde ya varios de sus compañeros se encontraban en animada charla. Al verle entrar con equipaje, alguno bromeó con la posibilidad de que Vilma le hubiera echado de casa, pero él pareció no haberles escuchado y se limitó a sentarse en su sillón de siempre y tratar de poner orden en los papeles que pugnaban por escapar de su inseparable cartera. Al no contestar a la pulla, todos se volvieron a mirarle con tan indisimulada atención que no pudo por menos que notarlo:

—¿Qué pasa? ¿Nunca habéis traído una maleta en fin de semana? —la pregunta fue tan desabrida que la voz de Pedro sonó extraña— Me voy de viaje, eso es todo.

—Eso ya lo hemos deducido todos —le contestó Ferreras, el jefe de Estudios— pero convendrás en que resulta raro que vengas con tu maleta. ¿No te acompaña Vilma? ¿Por qué no la has dejado en el maletero?

—¡Oh, venga! ¿Me vais a hacer un tercer grado? Además, ¿qué os importa a vosotros? ¿Alguien tiene un paracetamol, o algo? —la voz de Pedro es, cada vez, más chillona y algunos gallos la estropean aún más. Se pasa la mano por la cabeza, en ese gesto que le es tan característico y que conserva desde los tiempos de los pelos largos, aunque ahora haya pocos que atusar.

—Toma, Pedro —Julia, la de Literatura, le ofrece una pastilla enfundada en plástico—, no les hagas caso a estos mostrencos, no les debes ninguna puñetera explicación.

Con un agradecido guiño a su salvadora, Pedro engulle el medicamento con un sorbo del café que se ha servido y recuesta su dolorida cabeza en el sillón, cierra los ojos y desconecta de la charla de sus compañeros colocándose los auriculares del iPod para escuchar la música que más le alivia: la voz de Ryan Adams acaricia con suavidad las cicatrices que sus desesperados pensamientos le han dejado y una sonrisa triste se instala en sus labios, que no son más que los labios y la sonrisa de Vilma que él le robó anoche, mientras dormía. Todavía le queda una clase. En unos minutos tiene que volver a explicar a un grupo variopinto de chavales más o menos interesados por la Historia los hechos que acaecieron y que marcaron de alguna forma nuestro presente. Tendrá que hacerlo en un tono más bajo que de costumbre, porque su cabeza no está ahora para escuchar voces, ni la suya ni ninguna otra. Pero serán sólo cuarenta y cinco minutos. Después saldrá del instituto, con su maleta a rastras y tendrá que tomar un taxi camino de la habitación de hotel que ha reservado para estos tres días que se le antojan tres vidas: tal es su ansia por volver a abrazar a Vilma y decirle que está dispuesto a ser lo que ella quiera, a darle lo que le pida, sea ello la luna que no le ha pedido o el propio Taj Mahal, aunque esto último lo desecha rápidamente, por temor a que ella piense que se trata de un mausoleo —que lo es— aunque él lo haya rememorado por su belleza.
 
La canción acaba en el instante preciso en que debe abandonar el descanso. Y entonces se da cuenta de que le han dejado solo.



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