CAPÍTULO CUATRO. V. ¡HAY TANTO EN QUE PENSAR!

La visita al ginecólogo ha complicado el día de Vilma. Ya es difícil encontrar aparcamiento próximo a la tienda cuando llega temprano, después de dejar a los niños. Pero a estas horas es, definitivamente, tarea imposible: ha dado tres vueltas infructuosas, no hay ni el más mínimo resquicio y no puede seguir perdiendo el tiempo buscando, aunque sabe que Lola está atendiendo bien el negocio. Por fin le llega, como un relámpago, la solución. El hotel donde ha reservado alojamiento está bastante cerca y allí habrá, a buen seguro, parking para los clientes. ¿Cómo no se le había ocurrido?

Una vez asegurado el coche, deja la maleta en consigna: no es cuestión de ir paseándola por Madrid, como una ocasional turista. Camina presurosa las cuatro manzanas que la separan de su pequeña tienda, en apenas diez minutos durante los que sólo tiene que prestar atención a un par de semáforos y un paso de cebra que cruza sin mirar, con la seguridad que le otorga un camino inscrito en la memoria cotidiana. Al llegar, Lola está atendiendo a una clienta de las difíciles de contentar: el mostrador desborda de piezas que le ha ido mostrando a la inconformista sin que ésta se decidiera por nada. La cara de su socia es un poema desesperado. Vilma entra al quite, con su proverbial don de gentes, consiguiendo que la compradora salga satisfecha y con una buena colección de pequeñas piezas de bisutería, probablemente más de las que había pensado adquirir:

—Vaya, chica, no sé cómo lo haces, pero te las quitas de encima en un abrir y cerrar de ojos. No deberías ausentarte, si queremos sacar algún beneficio de este negocio: yo nunca consigo venderles mucho más que unos pendientes baratos, pero tú haces que se lleven media tienda sin pestañear. La próxima vez voy yo a tu ginecólogo con un listado de síntomas y quejas y luego te traigo por escrito las recomendaciones del doctor.

—Lola, no digas tonterías. Sólo tienes que fijarte en lo que llevan puesto y en si sus caras expresan duda o seguridad. Si dudan, ofréceles lo más distinto a lo que lucen y si parecen satisfechas de sí mismas bastará con unas ligeras variaciones de su repertorio. De cualquier forma, alaba siempre su belleza, la tengan o no, y diles lo bien que les sienta lo que se están probando. No hay más secreto.

—Bueno, yo lo intento, pero no se me da bien. Lo mío son las compras y no las ventas. Ya sabes que encuentro las mejores piezas y a los mejores precios del mercado. Las ricas venidas a menos conservamos la pasión por gastar dinero, compensada por la necesidad de ahorro: ¡voilà! la jefa de compras ideal, complemento indispensable de la gran vendedora que tú eres. Y ahora dime, que me tienes en ascuas: ¿estás preñada o no?

—No, puedes estar tranquila: no voy a coger la baja por maternidad. Aunque puede que la menopausia me cause algún problemilla… ¡no te rías, gansa!, que a ti también te llegará, sólo tienes un año menos que yo. Y que no hayas tenido hijos no te va a librar de pasar por esto.

—Sabes que hubiera querido tenerlos, Vilma. Pero todos aquellos con los que hubiera podido hacerlos tenían la extraña pretensión de casarse conmigo, vete tú a saber por qué. Un par de críos a los que dedicarme me vendrían muy bien, pero el incordio de un hombre en casa no habría sido capaz de soportarlo. Y no me digas que no son todos iguales: mira los problemas que tienes ahora con tu maridito ideal. No consigo imaginarte en la consulta de un siquiatra. ¿Se puede saber qué clase de cosas le contáis?

—Mi siquiatra, Manuel, y su esposa Carlota, se han convertido en dos buenos amigos, más allá de la relación médico/paciente. No creas, ellos también tienen problemas matrimoniales. Son una pareja como cualquiera otra. Por cierto, he de hablar con ellos. Debo decirles lo que me ha dicho hoy el ginecólogo. Es posible que nuestros problemas, al menos los de Pedrito y míos, se deban a no sé qué cambios en la química cerebral. O sea, desarreglos hormonales y eso. Por consejo del doctor Encinas nos hemos tomado tres días de reflexión, por eso hemos reservado habitaciones de hotel. Necesito saber qué decirle a Pedro acerca de los cambios que se avecinan, porque el pobre está muy desconcertado con todo este asunto. Yo le quiero muchísimo, Lola, y sé que él me quiere. ¿Tendrán también los hombres cambios hormonales, o químicos, o lo que sea que nos ha llevado a esta situación absurda? Y los niños: también he de hablar con los niños, que están los pobres muy alterados, pensando que nos vamos a divorciar.

¿Divorciarte, tú? Pero si no he visto en mi vida a una mujer más enamorada… y Pedro, sé que Pedro se moriría si le dejaras. Lo sé porque le he tirado los trastos muchas veces y puedes estar bien tranquila, porque nunca ha entrado al trapo, a pesar de lo insistente que yo puedo llegar a ser. Pero dime, ¿qué vas a hacer tres días sola? Podríamos aprovechar la ocasión para salir a divertirnos juntas, hace siglos que no lo hacemos.

—No, cariño. ¡Hay tanto en lo que pensar! No son unas vacaciones, es un tiempo para hacer recuento de lo bueno y de lo malo, aunque por más que lo piense no creo que pueda encontrar nada que reprocharle a Pedro. Es tan dulce como el día en que le conocí, más si cabe. Sí, ya lo sé, Lola, no me mires así. He sido yo la que ha planteado las dudas. Y es que yo sí me he dado cuenta de que los niños se hacen mayores y que pronto nos abandonarán. Y él está tan centrado en los libros, los que lee y los que escribe, que no ha notado que ya no son sus niños, que están poniendo en marcha sus vidas y no serán ya nuestros, sino las personitas que nosotros hemos ido formando. Y yo no puedo participar en los proyectos de Pedro, más allá de animarle a continuar. No tengo nada en lo que ocuparme, aparte de esta tienda. Me horroriza pensar en el síndrome del nido vacío, si además no puedo colaborar con mi marido, porque no terminé la carrera y no estoy a su altura. Alguien debería explicarnos cuando somos jóvenes que no se puede cifrar todo en la maternidad. Lamento mucho no poder ayudar a Pedro, dejar que sean otras las que colaboran con él, mientras yo permanezco al margen. Ahora es demasiado tarde.

—No, Vilma. Nunca es tarde. Podrías retomar la carrera, seguro que Pedro se alegraría mucho de poderte echar una mano y que tú pudieras llegar a escribir esos libros a medias con él. Piénsalo, cariño. No puede ser tan difícil como lo estás planteando. Ahí tienes el tema para tu reflexión de fin de semana: organizarte para ser historiadora. Lo tienes todo a tu favor. Y tienes el marido ideal para alcanzar tu meta.

—¿Sabes, Lola? Me has sido de gran ayuda, compañera de fatigas. Puede que hayas salvado un matrimonio. Lo voy a pensar. En realidad, se podría decir que ya lo tengo decidido. ¡Dame un abrazo, amiga!



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